7. La frialdad que te congela el corazón

Estás ansiosa; esperas cada noche y cada mañana para poder encontrártelo a la hora de siempre en el lugar de siempre. A veces él llega tarde, a veces debe irse temprano. Otras, simplemente no puede llegar. De cualquier manera tú permaneces siempre ahí, a la orilla del bosque, esperando por él.

Llega el invierno y con él, la nieve. Tú habías estado esperando ese día por mucho tiempo: sólo quieres compartirlo con él. Tienes frío, pero cuando él llega y te abraza, extrañamente te sientes con más frío aún. Debe marcharse pero promete regresar… más tarde. Mucho más tarde. No sabes qué creer. No sabes qué sentir. Sólo asientes con la cabeza y te quedas ahí, reflexionando, mientras los copos de nieve comienzan a mezclarse con tu cabello, mojándolo y volviéndolo un lío.

Sabes que eres una intrusa en su vida, una persona relativamente nueva. Pero te duele. Hace frío y tus manos y rostro se vuelven azulados. Al poco tiempo las piernas se te entumen: deberías moverte, piensas. Tu mente te dice que te vayas a casa. Tu corazón te obliga a mantenerte en pie a pesar de la tormenta.

Cuando él vuelve, sólo para decirte que quiere volverse a ir, tu corazón apenas y late. Él no lo sabe, es más, ni siquiera nota que tu cara tiene lágrimas congeladas. Te mira pero tú no sabes qué ves realmente en sus ojos. No expresan nada. El corazón se te enfría, tu cuerpo cae hacia atrás y la nieve se deposita en la curvatura de tu rostro, especialmente en las cavidades oculares. Las lágrimas saladas se terminan de congelar en tu iris.

Si te hubieras ido, él te habría llamado, habrías acudido a él y, de todas formas, te habría congelado el corazón.

 

 

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Creer

Creer es, quizá, el sentimiento más fuerte que existe después del amor. De ahí viene la fe y todos sabemos cuántas cosas han ocurrido en el mundo en nombre de ésta. No es lo mismo que confiar. Son primos, sí, como el amor y el querer. La intensidad es lo que hace la diferencia.

No es fácil creer. Muchas veces ni siquiera podemos ver las cosas o palparlas y es ahí cuando realmente las sentimos difíciles. La inocencia de los niños permite creer aún en esas situaciones. Pero crecemos, nos hacemos conscientes de la condición humana y sus alcances, entonces tememos y no podemos creer. Creer en un mundo mejor, creer que la persona que está a lado de nosotros no nos hará daño, creer en el amor.

Aquí, mi paréntesis personal. Entiendo que una relación no va a ser siempre miel sobre hojuelas. Y cuando de por medio está el océano atlántico, bueno, qué puedo decir. Pero creo en esto. Y en él. Más que a nadie en el pasado y que en cualquier otra situación del presente.

No será fácil. Lo sabemos, debemos ser realistas. Pero mientras los dos creamos en esto, todo puede suceder. Alguna vez Steve Jobs creyó en sus sueños y logró cambiar el mundo como lo conocemos con sus grandes creaciones, haciendo de Apple más que una empresa, un estilo de vida.

Existen miedos, algunos infundados por las situaciones que he vivido y otro más, por la incertidumbre del destino. Ahora mismo debo buscar un trabajo, terminar mi semestre, seguir con la novela, buscar una editorial, aprender más alemán, certificarme en B1, mejorar el inglés, ver lo del servicio social, checar cuántas materias tomaré el siguiente semestre y que sean en un horario que me permitan hacer todo lo anterior en la lista, al mismo tiempo. Quizá también juegue al fut.

Ahora mismo disfruto uno de mis últimos domingos tranquilos. Viene una semana muy intensa. Y si no es así, un semestre que apenas me dejará tiempo para dormir y comer. Es parte de crecer. Si quieres algo, debes luchar por ello. Yo quiero luchar por esto porque si bien, he creído en cosas y personas muchas veces antes, esta noche y las que vienen, creo en el amor.

Habiendo dicho esto, sólo me queda agregar que creo firmemente en que regresaré.