Los payasos no deben llorar

Cuento corto. Escrito por @VicereineOezil

 
Los payasos no deben llorar
 

I

Se abalanzó frente al parabrisas apenas se puso en rojo el semáforo. El dueño del coche frunció el entrecejo enojado y emitió un „no“ mudo. Para su sorpresa, el chico no vertió jabón en el vidrio con su botella, si no pequeñas bolitas de unicel, que al hacer la mímica con su mano, como si se tratase de limpiador, desaparecieron.

El señor se sorprendió, pero no emitió sonrisa alguna. Se limitó a mirar de manera desdeñosa y apenas se marcó el siga, arrancó.

El chico se reunió con los otros, repitiendo su inocente acto hasta que cayera la noche, cuando veían con tristeza que lo que habían juntado apenas y les alcanzaría para las tortillas.

Se repetía a sí mismo „el viejo me va a matar“. Mientras caminaba de regreso a la pocilga donde vivía, maltratado por su padre e ignorado por su madre, una camioneta negra se detuvo a su lado. Era último modelo, negra y brillante. Ya saben, „bonita“.

La ventanilla polarizada se bajó hasta la mitad, suficiente para que el que conducía pudiera observar al niño, pero éste a él no.

Le ofrecieron un trabajo, uno bien remunerado. Y un escape seguro de sus malvados progenitores, obviamente. Se trepó a la vatea y le dieron un Mc Menú del día, con todo y papas y refresco.

Se enfilaron hacia los límites de la ciudad, sólo tenía que entregar un paquete, o algo así había entendido. ¿Qué importaba? Ya no tendría que soportar los golpes, los insultos, ni el hambre. Mucho menos las violaciones de los extraños a los que su padre ofrecía por dinero y a veces incluso, por diversión. No, ya no. Sabía qué eran las personas que lo habían recogido y esperaba algún día poder ser como ellos, con sus camionetotas y fajos de billetes, siendo temido y habiéndose vengado de todos los que le hicieron mal.

La hamburguesa calmó su hambre, pero su odio seguía allí. Llegaron al destino. ¿Sólo tenía que entregar el paquete, no? ¿En la puerta de la esquina, cierto? „Sí, sí“ le contestaron con muina los tipos que conducían.

Bajó y caminó despacio, como le habían dicho, sin apresurarse, sin correr, que nadie lo viera. Invisible, sí.

Se escucharon disparos. Los de la camioneta respondieron el fuego, pero fueron acribillados. Estaba confundido. Veía soldados, pero también veía otros vehículos de lujo. ¿Quién era quién? ¿Quién estaba contra quién? Llegaron más unidades, refuerzos de los hombres que lo habían recogido.

En el cielo brilló una granada.

II

¿Por qué nadie podía entenderlo? Se preguntaba eso una y otra vez mientras sus compañeros se reían incansablemente de él. Ahí, parado frente a todos, con maquillaje blanco y negro, camisa monocromática de rayas y rostro inexpresivo, miró cómo ella se alejaba apenada entre la multitud.

Después de que el timbre sonara, le alcanzó a ella en el camino. Pero no iba sola. Por el rostro de él aún escurría maquillaje blanco, lo cual la chica observó con cara de asco. Que si no se cansaba de hacer el ridículo, le dijo. Que ella no iba a soportar una humillación más. Pero cuál humillación, decía él. Ser mimo era un arte. Y también era divertido. No pretendía serlo toda la vida, asistiría a la universidad a estudiar medicina, era sólo un pasatiempo.

El tipo con el que iba caminando ella, se le abalanzó. Diferentes en proporción, el primer golpe le rompió la nariz y el segundo le tiró al suelo. Una patada le sacó el aire, luego de otras más, sangre.

La gente que pasaba por ahí, miraba sin interés al joven que yacía en el suelo. Un mimo que parecía más bien alguien muy pálido, pero que lo que seguramente ocurría era que se le estaba cayendo el maquillaje por el terrible calor de ese día. Parecía que dormía. ¡Vaya que los artistas de ahora ya no tenían creatividad! Simular que duermes no tiene ninguna gracia, cualquiera podía hacerlo. Esperaban que fingiera jalar una cuerda, pero no, dormía. Tal vez era un vagabundo… sí, lo más seguro era que estuviera ebrio.

Lo extraño era esa mancha roja de sus ropas.

III

Sarah siempre le tuvo miedo a los payasos. Arlequines, bufones, lo que fueran. No soportaba esos rostros falsos, las pelucas de colores… pero sobre todo esas miradas, que parecía encerraban un mal disfrazado de alegría.

El tick tack del reloj la regresó al mundo. Cerró el libro que leía y salió del campus universitario para tomar el camión con destino a su casa. Vivía en otra ciudad y llevaba a cabo esa rutina todos los días, de lunes a viernes y desde hace 3 años. Uno más y estaba fuera.

Tras unos 20 minutos en el camión, éste se detuvo y ella abrió los ojos horrorizada. Zapatos gigantes, ropa ridículamente confeccionada, peluca de colores psicodélicos y esa maldita nariz roja.

-Buenas tardes, tengan todos ustedes y les deseo de todo corazón. Trato de ganarme la vida honradamente en vez de asaltar, aunque me gustaría robarme un par de sonrisas.

Un hombre joven vestido de payaso comenzó su monólogo, aprendido de memoria con rigurosa exactitud. Era joven, su voz, cuerpo mirada dejaban unos 23 años de vida, pero a la vez, denostaban la madurez con la que lo había tratado.

Sarah se apresuró a subirle al máximo el volumen al reproductor de música y cerró los ojos.

-Ahora les pido una moneda si les ha gustado, acepto joyas, relojes, tarjetas de crédito -bromeaba el payaso- y si no tienen, regálenme una sonrisa. Pero nada más no vayan a sonreír todos porque me muero de hambre.

El camión se detuvo de golpe. Sarah cayó de su asiento y fue a dar al estrecho pasillo. El metal frío golpeó con fuerza su mejilla. No tenía ni idea de lo que sucedía.

Se oyeron ráfagas de disparos, de armas de grueso calibre al parecer. La gente gritaba, los vidrios se rompían con estruendo por los impactos. Vio algunos cuerpos sentados y charcos formados de sangre que goteaba de los asientos y se escurrían hasta ella.

Instintivamente miró por la ventana: en el cielo brilló una granada. El estruendo sacudió al camión y un par de autos cercanos estallaron en llamas. Se repitieron las explosiones y no cesaban los disparos. Un joven se arrastró hasta ella, traía la peluca de lado, la cual terminó de despojarse cuando estuvo a su lado.

-¿Estás bien? -Susurró a Sarah.

-Sí… -Balbuceó ella y lo abrazó.

Helicópteros sobrevolaban la zona. Se escucharon los amarres de llantas, al parecer de vehículos que huían del lugar. Después de un tiempo incalculable, que pudo haber sido sólo minutos o tal vez horas, un policía entró en el camión.

Bajaron Sarah y Nathan, como él le había dicho que se llamaba, además de que estudiaba psicología y se apoyaba como payaso de camiones para pagarse los estudios, entre otras cosas que le había dicho para tranquilizarla mientras ocurría el enfrentamiento afuera.

IV

¡Entérese usted! ¡Entérese usted! ¡Compre el diario „El informante“! ¡15 muertos en enfrentamiento en el norte de la ciudad! Señor, ¿va a querer uno? Son 7 pesos.

Desdobló el diario en lo que duraba el alto del crucero, el cual sabía duraba un buen rato. La nota decía:

„Grupos armados se enfrentaron la tarde de ayer en conocido fraccionamiento del norte de la ciudad. El saldo fue de 15 personas muertas y 7 heridos, dos de ellos sumamente graves por heridas de bala, siendo trasladados al hospital regional por elementos de la cruz roja. Entre los heridos, se encontraba un niño que presuntamente colaboraba con el crimen organizado, pues cerca de él estaba un paquete con 3 kilos de cocaína.

El niño, al parecer en situación de calle, perdió un ojo por la explosión de una granada, lanzada presuntamente por uno de los grupos criminales.

Fuentes extraoficiales señalan que entre los muertos hay civiles y que el enfrentamiento  comenzó por parte de elementos del ejército, quienes abrieron fuego contra sujetos a bordo de una camioneta negra de lujo, los cuales respondieron la agresión, siendo también atacados por una célula rival, minutos después.

Sobre esto el gobernador señaló que los únicos decesos fueron de criminales y que la población civil estaba a salvo, pues ol operativo „Estado próspero“ tenía como finalidad asegurar a los ciudadanos del puerto…“

En el auto de enfrente un niño fingió lavar el parabrisas. Con sus manos simulaba limpiar el vidrio con jabón, que realmente eran bolitas de unicel que se iban con el viento. Quien conducía extendió la mano y le dio 3 pesos. ¡Vaya! Al menos era algo.

Pero el niño no sonrió. Se limitó a mirarlo con el ojo bueno, mientas que su boca expresaba una sonrisa pintada a la fuerza, falsa, sobre una mueca de tristeza. Una sonrisa verdaderamente melancólica. Los coches se fueron, él regresó a la acera mientras sus hermanitos se acercaban. Se abrazaron. Nadie lloró, en solidaridad a él, que ahora sólo podía hacerlo a medias, como la vida que llevaba.

La luz ámbar iba advirtiendo a los conductores que se detuvieran. Los niños corrieron a hacer su acto invisible, tan invisible como lo era su existencia y su dolor prohibido para la sociedad.

Ejército atenta contra la dignidad humana en Veracruz

Efectivos del ejército mexicano podrían haber incurrido en prácticas que atentan contra la dignidad humana, según lo que señala un humilde albañil quien asegura que efectivos militares lo detuvieron en su propio domicilio y lo torturaron en el cuartel, basados solamente en un señalamiento realizado por un grupo de personas de la misma colonia.

Alberto Pérez Méndez tiene su domicilio ubicado en la calle Principal Las Palmas de la colonia El Palmar, donde habita con su esposa Margarita García Palma y sus hijos Alberto, Luis Enrique y Esmeralda Pérez García, siendo de ocupación albañil.

Pérez Méndez relató que el pasado sábado alrededor de las 19:00 horas toda su familia se encontraba en el domicilio, sus dos hijos estaban afuera de la casa platicando con un amigo, cuando fueron agredidos por dos vecinos en estado de ebriedad a quienes conocen como Lucio y Jesús, luego del enfrentamiento a golpes que no tuvo mayores consecuencias, los jóvenes se metieron a su casa y los agresores hicieron lo propio retirándose.

Sin embargo un grupo de tres personas que también habitan en la colonia El Palmar, conocidos solamente como Miguel, Celia y Federico (a) “el perico”, informaron en el cuartel militar ubicado en la colonia Kilómetro Dos, que miembros de un conocido grupo del crimen organizado se habían enfrentado a golpes en El Palmar.

INTERVENCIÓN DEL EJERCITO

A las 19:00 horas arribó a la humilde vivienda de Alberto Pérez Méndez un comando militar de entre ocho y diez integrantes, todos fuertemente armados, quienes apuntaron a los integrantes de toda la familia y procedieron a llevarse detenido al jefe de la casa.

Don Alberto Pérez contó a este medio informativo que lo trasladaron al cuartel de la colonia Kilómetro Dos a bordo de una camioneta blanca de batea que en costados tiene el logotipo de Petróleos Mexicanos (Pemex).

En el cuartel don Alberto Pérez observó que uno de los sujetos con los que sus hijos habían peleado una hora antes también estaba detenidos, los soldados los cuestionaron para saber si pertenecían a alguna organización criminal, sin embargo siempre se toparon con la misma respuesta negativa.

Por esta razón las fuerzas castrenses procedieron a subir nuevamente a la camioneta a don Alberto Pérez, con la intención de regresar al domicilio para detener a los jóvenes Alberto y Luis Enrique Pérez García, de 17 y 19 años de edad respectivamente.

Sin embargo los jóvenes al notar la presencia nuevamente de los soldados y por temor a ser lastimados, procedieron a escapar por la parte trasera del domicilio para continuar entre el monte y a lo largo del río Aguadulcita, hasta llegar al domicilio de un familiar en la colonia Nueva del Río.

Los soldados tuvieron que regresar con las manos vacías al cuartel militar y procedieron a continuar interrogando a las dos personas detenidas al principio, para lo cual modificaron el método para cuestionar.

TORTURA

Don Alberto Pérez aseguró que tanto a él como al otro sujeto, los amarraron de pies y manos, quedando en posición de firmes, para posteriormente recostarlos a una banca de madera con la cabeza al aire ligeramente echada hacia atrás.

Dos soldados se sentaron encima de don Alberto para evitar que se moviera, mientras que otro más le tapaba la boca con un trapo y un cuarto uniformado le echaba agua en la nariz, para provocarle una sensación de ahogamiento.

Después de cada respuesta de Alberto Pérez, los soldados vaciaban agua en la nariz del humilde albañil, así transcurrieron entre veinte minutos y media hora aproximadamente, hasta que por fin los uniformados se convencieron que don Alberto Pérez no formaba parte de alguna célula criminal, por lo cual fue trasladado vistiendo solamente un short y tenis hasta “la plaza del pueblo” ubicada a un costado del puente El Abulón, donde fue liberado y abandonado.

Don Alberto Pérez caminó a la una de la madrugada del domingo hasta su domicilio, donde relató los hechos a sus familiares, quienes actualmente viven con el temor de que nuevamente los soldados irrumpan en su casa y los lastimen.

Por este motivo la familia completa interpuso la tarde de este lunes la denuncia ante el Ministerio Público, para que exista un antecedente y poder acudir ante la Comisión Estatal de los Derechos Humanos.

OPINIÓN

¡El ejército se la pasa irrumpiendo en casas de civiles, en vez de capturar a los verdaderos criminale! ¿O no muchas veces han dejado pasar vehículos totalmente obvios y no los han detenido porque, o están coludidos, o tienen miedo?

¡Ya basta! 20 mil muertos, “Sr. Presidente”, 20 mil vidas y ningún pez grande…
Pueblo, es hora de levantarse; si no lo hacemos nosotos ¿quiénes?
Y digan lo que digan y aunque parezca comercial… pero yo sí creo que estaríamos mejor con López Obrador…