El hombre que caminó bajo la lluvia y no volvió a ser joven

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Era una tarde cualquiera en el puerto y, como cualquier tarde, la gente salía a ‘dar la vuelta’ al bulevar Ávila Camacho, a comer una nieve o simplemente sentarse junto al mar. Y, como también sucede siempre en Veracruz, las personas apenas toman precaución del clima, quizá hasta que ya tienen el ‘norte’ encima o cuando con 17º C ya salen con chamarras, abrigos, bufanda, guantes y botas.  Fuera de eso, siempre es verano y hace un calor de los mil demonios.

El hombre —un hombre normal— salió a disfrutar de una tranquila tarde, meditando lo que había hecho de su vida, lo que había dejado de hacer o lo que había dejado ir. A cierta hora, tras haber observado la luna roja de octubre —la más hermosa, dicen— reflejarse en el mar, se incorporó y se dispuso a caminar hasta el centro, para ahí, tomar su respectivo camión.

La lluvia se desató, así, de la nada. Si bien, las nubes ya habían amenazado al puerto toda la tarde, la conjunción soleado-nublado-soleado daba la impresión de que no fuera a suceder nada más. Y la lluvia que cayó no era una pequeña brisa fresca y fina, era un aluvión de gotas pesadas, gordas, que hasta dolían al chocar contra el rostro de los transeúntes y, además, fría.

El hombre no se inmutó ante la lluvia y siguió su camino, disfrutándola. Caminó con la cabeza erguida y se dejó mojar el cabello, la nariz, los párpados, hasta saborear la insípida lluvia de octubre. Sólo guardó su sombrero de papel —según la etiqueta, 100% papel— aunque, al parecer, no se desharía. Notó, con diversión, cómo sus manos se arrugaban por causa del agua, como cuando se permanece largo tiempo en una piscina o bajo la regadera.

El chaparrón cesó; el hombre, aguardó. Las calles, que se habían encharcado rápidamente, volvieron a la normalidad. Veracruz, parecía, regresaba a su tropical naturalidad. Pero las arrugas del hombre no desaparecieron nunca. Se había vuelto viejo en el camino; la lluvia de la experiencia y la vida había surcado su piel. Y ahora su mirada era más profunda y su corazón, más fuerte.

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Twitcrush

Aprendí a leer su estado de ánimo en 140 caracteres. Con el tiempo, conocía todo su guardaropa de la cintura para arriba y hasta había elegido ya las prendas que más me gustaban de él.

Compartíamos música, tweets, cuestiones filosóficas, tonterías de la vida. Era mi twitcrush. Sí, aunque no lo crean, uno (en contextos bastante curiosos) puede llegar a “enamorarse” de alguien de manera electrónica.

Hablábamos en alemán: el era de Austria, mi antítesis de todo lo que debía ser “alemán”: mucho café (fuerte), panes, cosas dulces… nada de fut.

Nos acoplábamos para twittear, a pesar de las 7 horas de diferencia que llevábamos, pero cada quién tenía en su iPod el reloj del otro. De tantas demostraciones de cariño twittero, mis otros followers sabían para quién eran mis mensajes de amor sin mención.

Mi crush era bastante tierno. Aprendí muchas de las dulces palabras que ahora sé a través de mensajitos. Yo, por mi lado, le tomaba foto a todo lo que hacía en el día para compartirlo con él. Una vez, después de algún tiempo, le dio fav a un par de fotos mías, confesándome que eran las que más le gustaban.

Llegó un momento en el que nos decíamos cosas como “si tú estás feliz, yo estoy feliz”. Y entonces, como si se tratase de una relación en vivo y en directo, me vino la pregunta de: ¿qué se supone que somos / sentimos?

Él era tímido. Muy lindo y detallista, pero cerrado con la expresión concreta de sentimientos. Uno de esos “buenas noches para ti, buenos días para mi” recibí un “ich mag dich”. Mi corazón saltó. Se volvió a arrugar cuando noté que tal frase sólo significaba algo así como “me agradas”.

Pasaron los días y éstos se hicieron meses. Nunca había oído su voz, ni visto una foto de cuerpo completo de él. Jugaba a imaginármelo. Una tarde hablábamos de la felicidad y terminó diciéndome que le gustaría estar en México, conmigo.

Entonces me llegó una gran noticia: yo viajaría a Alemania. Él prometió que me visitaría. Nunca fue, por “x” o “y” razón (tiempo, ocupaciones familiares, trabajo, estudio). Le mandé café por su cumpleaños, el mejor de México y nunca me comentó si le había gustado o no. Yo ya le había confesado, para ese entonces, que me gustaba más allá de una amistad. Él contestó que “era lindo de mi parte” y en general que le agradaba. Nada más. Ni un sí o no. Creí entonces que, en español mexicano, me había bateado de una manera dulce, para no herir mis sentimientos o algo así. Pensé que quizá por eso no me había ido a visitar a Alemania.

Esa semana, conocí a alguien que me cambió la vida. Yo no quería enamorame ni iba con esa intención, en parte por mi crush, en parte porque no creí encontrar a nadie que me gustara tanto o más. Logró hacer que lo extrañara toda una semana y cuando regresó apenas y nos separamos. Comenzamos una relación entonces, aunque yo debía regresar a México.

Tras 8 meses, mi crush, quien ya estaba enterado de mi relación e incluso le había contado un par de cosas de él, me saludó. Tenía tiempo que no nos escribíamos. Habíamos skypeado sólo una vez y me volvió a prometer que, esta vez que regresara a Alemania, ahora sí me iría a visitar. Recuerdo que le conté toda la historia hasta ese entonces a mi novio, el cual saltó y admitió estar un poco celoso y me dijo que seguro él (el otro) sentía algo por mi. Para mis adentros me dije “no”. No, porque le había expresado mis sentimientos y me había rechazado. No, porque cada vez que le preguntaba qué sentía me decía que le agradaba y era linda. Y nada más.

Y así, 427 días desde el primer tweet, comenzamos una conversación por DM de twitter, con el tema de que él tenía una nueva cuenta. Otrora twitteradicto, apenas y escribía en la semana. Se me ocurrió decirle (porque ya no tenía nada que perder) así, directamente, que había estado (en pasado simple alemán) enamorada de él, no sin antes reclamarle por qué no había escrito en tanto tiempo. Me dijo que a pesar de no estar ahí, no se olvidaba de mi. Entonces contesté que la situación era ahora rara para mi y ¡zas! lo solté. “Estaba enamorada de ti”.

Como siempre me respondió de forma que no entendí si era un “yo no” o un “yo también”. Entonces insistí en la pregunta hasta que por fin lo dijo. Me había “ganado cariño/amor”. Odié la frase en alemán porque ninguna de mis traducciones (a pesar de ser una frase simplísima) tenía el sentido correcto. Era como querer traducir “eres la crema de mis tacos” (o frases muy de un idioma). De cualquier forma lo que siguió me aclaró un poco. Escribió que entonces yo había conocido a alguien más y entonces él había aceptado simplemente eso y no más preguntado. “Así es la vida, supongo”, sentenció.

Luego, respecto a su alejamiento, entendí que esa fue la razón. Dijo que no quería molestar innecesariamente. Yo había encontrado lo que andaba buscando y eso era bueno. Para asegurarme lancé una última pregunta, sobre una relación, si tuve la posibilidad alguna vez de ser su novia. “Sí, seguro. Siempre me gustaste”.

Y fue raro porque no me sentí triste. No me dije “joder, por qué ahora” o “ah, estoy confundida”. No, de alguna manera, no sentí nada. Por él. Y eso me dio tristeza. Sé que es por el hecho de que tengo ahora a alguien increíble a mi lado, que en menos tiempo me ha llegado a conocer más que nadie, que es mi mejor amigo y pareja. Y a la vez, también sentí alegría. Por tener un amor tan fuerte y porque, de haber sabido antes los sentimientos de mi crush, tal vez nunca hubiera conocido a la persona que amo.

Es curioso. Así debían pasar las cosas ¿no? Mi chico, como suelen actuar los hombres, cuando escuchó la historia actualizada dijo: por esperarse demasiado. Y luego un “ya ves, lo sabía. Nadie habla de cruzar el océano nada más porque sí”. Y sobre la posible visita en Alemania, sacó lo celoso: no creo que sea buena idea, dile que no puedes o algo así. Igual y salen los tres, se burló una amiga de mi. Cuando le dije que, al principio, mi crush me gustaba mucho y sentía algo, se espantó un poco. Pero cuando sentencié sobre lo de haberlo conocido a él, se alegró diciendo: bien por mi, bien por ti, malo por él. Pero en especial, bien por nosotros.

Mientras veíamos nuestra serie favorita, miré el twitter. Tenía un DM. Dos puntos y un asterisco. Un beso. Miré a mi chico y percibí todo lo que sentía por él. Noté que lo amaba más de lo que imaginaba y sobre todas las cosas. Respondí sólo con el emoticón de una sonrisa. “Lo siento” –quise decir. “No puedo corresponderte”. Pero no. Sólo la sonrisa. Supuse que él sabría interpretarlo y que regresaríamos al silencio, con un ocasional “cómo te va” de cortesía, alguna vez entre un “buenos días para ti, buenas noches para mi”, mensajes de 140 caracteres y efímeros como lo son en una time line.

That’s life, I guess.

10. Cómo cortarse las venas de la manera correcta.

Cómo cortarse las venas de la manera correcta, leyó en letras azules; resultado de una búsqueda en google sobre anatomía.

Según esto, la gente suele cortarse de manera horizontal, que apenas corresponde a una parte de la vena y más de piel, pudiendo cicatrizar rápidamente.

“La manera correcta” es hacerlo verticalmente. Sí, de arriba pa’ bajo, ¿dolería, verdad? ¡Pues claro!

Y entonces recordó aquellas frías palabras: “Pensaba en acercarme a esa persona que te veía y deslizar mi navaja verticalmente por su espalda. La herida tardaría mucho en cerrar y daría el tiempo suficiente para que se desangrara”.

Suena el skype. Es esa persona.

–Eres un charlatán. –Dice googleadordeestupideces y le cuenta lo que ha encontrado.

–No te he engañado, bueno, sí. No lo hubiera hecho y tampoco se hubiera muerto. Pero tenía razón en la dirección del corte.

–Como sea. Apúrate, necesitamos más hielo.

20 minutos después se oye el timbre de la puerta y con un movimiento en seco se abre la puerta.

Sostienen el cuerpo que yace en el suelo y cortan la vena que corre a lo largo de la muñeca. Verticalmente. Luego de un rato, consiguen llenar un par de botellas con sangre.

–¡Joder!

–¿Qué pasa?

–Acabo de encontrar que es más rápido desde la arteria.

–No te preocupes. Ya habrá tiempo. La práctica hace al maestro.

9. Escribe bien, por favor.

La conoció en una de esas redes sociales, donde todos tenemos una cuenta. Podría estado, incluso, a punto de sucederte a ti.

En la foto quería dar a entender más de lo que era y si bien, una imagen dice más que mil palabras, muchas veces una palabra dice más de ti que otra cosa.

Ella era la clásica chica que ScRbiIaääa hAzii.

Disculpen si ha sido ofensivo, pero de esta forma ella llamó su atención. Y luego, con una sencillez increíble, en parte por su virtud y en parte por la estupidez de ella, la conquistó.

La chica puso: aun no se k fue lo k me echizo de ti.  UnN angelitho0 me dijo0 q es unN pecado0 penZzar s0lo en t¡¡¡

Pasa el tiempo. La policía encuentra un cadáver. Había una nota.

Estaban matándome. ¿Por qué no habría de defenderme?

Atentamente: el lenguaje.

En un mundo correcto, todos habrían asentido. Cuestión de semántica.

8. Acróstico

 

Te miras un día al espejo, en el momento más sincero del día: justo después de despertar. Has olvidado el sueño que tuviste; algo así como una genial novela de suspense, pero que ahora no recuerdas.

Estás asustado. El miedo que le tienes ahora a la muerte supera exponencialmente esa vocecita que te dice: “Hey, todo estará bien”. Pero… ¿y si no lo está? Ya no te importa el dolor, ni siquiera la noticia que afectará a tu vida. Te preocupan las personas que amas, que vayan a sufrir.

Aún así, por algunos momentos lograr olvidar todo y haces tu día como si nada. El que busca encuentra, de modo que te resistes a buscar cualquier cosas que te pueda poner ansioso y bloqueas google. Miras su foto y comprendes cuánto te ha cambiado y de qué manera te ha convertido en una persona mejor.

Morir es un eufemismo. La verdad es más dolorosa. Pero el amor te ha salvado: ha limpiado tu corazón. Admites que aceptarías tu destino contento, si esa otra persona va a estar bien. Que no le has hecho ningún daño y que todavía puede ser feliz. Eso te conmueve hasta el borde de las lágrimas. No, ¡qué va!, lloras sin control.

Oyes el característico “bip” desde tu móvil, que indica que tienes notificaciones. Ahora que tienes el corazón entregado y has aprendido que el amor es el sentimiento más fuerte que puede existir, te miras al espejo con el alma renovada. Te llama desde la habitación y acudes. No pasará nada. No hay por qué temer ya. El amor, te ha salvado.

6. Herzensbrecher

6. Herz Zerbrecher

-Oye, siente algo raro en el pecho, como una punzada…

-¡Qué va! ¿Sabías que es mentira eso de que el corazón duele?

-¿En serio?

-Japps, así es. Te dolerá alguna otra cosa, el bazo o algún músculo.

-El corazón es un músculo, genio.

-Sí, pero ya te dije que no duele…

Ella se despidió y pulsó el botón rojo para bajarse del camión. A pesar de lo que le había dicho su amigo, seguía teniendo esas “punzadas” pero se limitó a ignorarlas.

Ella tenía miedo, el más terrorífico de todos, una pesadilla en carne propia; le tenía miedo al amor.

Pensarán que es como tenerle miedo a un Chihuahua, que en su debido caso sí hay que temerles pues aunque son pequeños, muerden como pirañas. Como sea, le tenía miedo al amor y no al hecho de que la engañaran sino a terminar con el corazón roto.

Por ejemplo, ahora. Tenía a su lado a alguien maravilloso, alguien en quien confiaba en el tema de la fidelidad pero que por la misma razón de que era muy sincero, ella sabía que cuando él no quisiera nada más, se lo diría a ella con total tranquilidad. Le aterraba que eso sucediera de un día para otro, un

“Hola, ¿qué tal? ¿cómo va tu día? ¡Ah! ¿Sabes? Necesito decirte algo: ya no te quiero”.

Kaputt.

Le punzó lo que fuera que tuviese y se mordió los labios tratando de alejar esos pensamientos de su mente.

-¡Es ridículo, una total estupidez tenerle miedo al amor!

Conforme fue pasando el día, sus ideas se recrudecieron. Empezó a escuchar voces -sus voces- algunas clamaban atención a gritos, indicándole que disfrutara lo que tenía ahora. Otras reían. Algunas más le decían que fuera fría. Un alguien igual a ella pero con una apariencia bastante perversa, se posó a su lado.

-¡Hey! -Saludó.

-¿Quién eres?

-Hmm… Pero sí que me vas a romper el corazón -dijo con sarcasmo-. ¿No ves que soy igualita a ti?

-Yo no tengo el cabello plateado.

-No es plateado… es blanco, ciega.

-Y también tengo modales.

-Claro… En fin, no estoy aquí para ayudarte.

-¿Que no eres mi conciencia?

-No, tu conciencia es muy… inconsciente. Soy tu miedo.

-¡Vaya! Pues sí que asustas.

-Deberías verte en un espejo. -Sonrió el miedo.

-Bueno ¿qué quieres?

-Fácil: quiero librarme de ti. Es muy aburrido estar siempre contigo. ¿Miedo al amor? ¡Por favor! Hay muchas cosas horribles en el mundo: armas nucleares, el calentamiento global, artistas pop, payasos o arañas… ¿Pero el amor? De todas las personas que me pudieron haber tocado, eres la más ridícula.

Ella miró al miedo con desdén. Y siguió caminando hasta sentarse junto al lago, para alimentar a las tortugas. El miedo se apareció a su lado.

-Escucha… tengo la forma de conseguir que yo desaparezca. ¿Te interesa?

La chica le prestó atención entonces a su ángel mal hecho.

-¿Cómo puedo no tenerle miedo al amor?

El miedo sonrió, mostrando sus hileras de dientes afilados y puntiagudos.

-Observa, tengo esta … ehm… varita mágica, o como quieras llamarle, que sirve para abrir tu corazón.

-Eso suena bien… ¿Cómo funciona?

-Sólo debes llegar hasta tu corazón y abrirlo. Así, ya no sentirás miedo. Toma -Le dio el “instrumento”-.

Ella sintió un dolor agonizante. Pero veía en su pecho la luz de su corazón, que se desbordaba como un manantial de pureza.

-¡Lo estoy abriendo, lo estoy abriendo! -gritó ella.

-Chao. Loca.

La luz desapareció: se volvió líquida y roja.

El punto más brillante, del cual irradiaba toda esa materia, se hizo grande como un puño.

Su última mirada fue su corazón, destrozado, entre sus manos sangrientas.

Fue encontrada 20 minutos más tarde, unos niños que jugaban cerca descubrieron el cadáver de una chica, joven y no muy alta. Al parecer, alguien le había abierto el pecho y arrancado el corazón, para luego ponérselo en su mano izquierda.

-Tal vez tenemos frente a nosotros el caso de un asesino serial. -Comentó un oficial de policía, aficionado a los Krimis (Novelas criminales).

-Ah… -Suspiró con languidez el jefe-. Esperemos que venga perciales y haga el moviemiento. Y que digan que fue pasional. Mañana es feriado y el presidente ha declarado fin de semana largo y no quiero pasármela trabajando por esto.

Cuando llegó periciales, el caso fue declarado como un suicidio, para alivio del jefe. Se había encontrado en la mano derecha una vara delgada, pero gruesa y con la punta aguda como si de una esta se tratase, manchada de sangre. Se determinó que estaba ahí pre-mortem.

La verdad era que el asesino serial también estaba muerto.

El miedo estaba enamorado del amor y había decidido suicidarse para ya no sentir más.

Cuando los finales trágicos son olvidados.

Sus cuentos tenían siempre finales trágicos. Ella los consideraba hermosos y hasta felices, sí, realmente se alegraba cuando los escribía y luego, leía. Los demás lo consideraban perverso, hasta insano, algo chiflado y por qué no, depresivo.

Siempre andaba con los audífonos puestos, excluyéndose por voluntad propia del mundo común y se transportaba a su espacio personal, a veces gris, a veces negro, nunca RGB.

Amaba la oscuridad, pero siempre tenía encendida una vela. Decía ella que porque le gustaba que la pequeña llama intentara alumbrar algo tan inmenso e imposible, pero que aún así, lo intentara. En el fondo, creo, era pirómana.

También era melodramática. Y exageraba un millón de veces querer ser normal, pero el brillo de la locura le perseguía e impregnaba su persona, desde el caminar por la calle cantando canciones en alemán, hasta el estar tumbada con las tortugas del lago junto a éste.

No comía frituras pero adoraba los postres y  bebía espresso doble sin azúcar. Muchas veces comía pastel de chocolate con joghurt de fresa, porque le encantaba el contraste de los sabores. Ah… también escribía joghurt con „j“, su letra favorita.

No tenía alergias, pero el Sol le escorcía la piel hasta sangrar.

Regresando a sus cuentos, encontraba la belleza en la muerte y la tragedia. Era imperturbable. Una vez se cortó el dedo al abrir un joghurt… El corte le produjo una extraña sensación, un cosquilleo que le agradó aunando a que brotó la sangre, su segunda bebida favorita después del agua de limón. Tomó el cuchillo y repitió los cortes en todos los dedos. Al día siguiente, mientras escribía, transmitió todo ese cosquilleo doloroso de cada vez que pulsaba una tecla en su cuento, el número 57 de su obra titulada „Morir 100 veces“ que mostraba las más diversas, curiosas y hasta excéntricas formas de encontrar el fin.

Un día, de esos que uno ni se imagina, encontró el amor. Fue lentamente, claro está. Y bueno, al final terminó enamorada. Pesaba un puño menos, pues había otorgado completamente su corazón.

Una noche, escuchó una canción y las lágrimas le brotaron inmediatamente. Ella, confundida, sólo sentía una opresión en su garganta y la dejo salir. Lloró quizá como media hora sin cesar. Esa misma madrugada escribió su cuento 99, donde la protagonista moría ahogada de llanto.

Pero el cuento número 100, fue tan normal, que rompía con toda la obra. Las palabras, sutiles, nada locas, ni oscuras, mucho menos trágicas, narraban la historia de dos personas que se amaban. El relato no tenía final en sí.

Y es que ella quería escribir ese final, por primera vez, sin ese „estilo“ de sus otras creaciones. El primer final feliz, que ni era final, porque uno no sabe cuándo se le va a acabar la vida. Comenzó a creer que, si el mundo se enamorara, sería un lugar mejor. Las personas lucharían por hacer las cosas bien, en vez de desear riquezas o poder.

Siguió su vida como cada día, caminando con los auriculares puestos y cantando en alemán, comiendo postres con joghurt de fresa, cortándose al abrirlo, cortándose los dedos, escribiendo con dolor, haciendo cuentos bizarros de finales extraños… Pero qué importaba. La historia que a ella le interesaba, era tan feliz, que necesitaba su „tragedia-ficción“ como ella la llamaba.

„El cielo es un lugar en la tierra contigo“. Y se acostó a dormir, aún con las lágrimas en los ojos por aquella canción, los dedos moratados de las  heridas, el pecho ligero sin corazón y un beso en la frente, imaginario, lejano, de palabras y entonces más real que cualquier cosa en el mundo.

Los payasos no deben llorar

Cuento corto. Escrito por @VicereineOezil

 
Los payasos no deben llorar
 

I

Se abalanzó frente al parabrisas apenas se puso en rojo el semáforo. El dueño del coche frunció el entrecejo enojado y emitió un „no“ mudo. Para su sorpresa, el chico no vertió jabón en el vidrio con su botella, si no pequeñas bolitas de unicel, que al hacer la mímica con su mano, como si se tratase de limpiador, desaparecieron.

El señor se sorprendió, pero no emitió sonrisa alguna. Se limitó a mirar de manera desdeñosa y apenas se marcó el siga, arrancó.

El chico se reunió con los otros, repitiendo su inocente acto hasta que cayera la noche, cuando veían con tristeza que lo que habían juntado apenas y les alcanzaría para las tortillas.

Se repetía a sí mismo „el viejo me va a matar“. Mientras caminaba de regreso a la pocilga donde vivía, maltratado por su padre e ignorado por su madre, una camioneta negra se detuvo a su lado. Era último modelo, negra y brillante. Ya saben, „bonita“.

La ventanilla polarizada se bajó hasta la mitad, suficiente para que el que conducía pudiera observar al niño, pero éste a él no.

Le ofrecieron un trabajo, uno bien remunerado. Y un escape seguro de sus malvados progenitores, obviamente. Se trepó a la vatea y le dieron un Mc Menú del día, con todo y papas y refresco.

Se enfilaron hacia los límites de la ciudad, sólo tenía que entregar un paquete, o algo así había entendido. ¿Qué importaba? Ya no tendría que soportar los golpes, los insultos, ni el hambre. Mucho menos las violaciones de los extraños a los que su padre ofrecía por dinero y a veces incluso, por diversión. No, ya no. Sabía qué eran las personas que lo habían recogido y esperaba algún día poder ser como ellos, con sus camionetotas y fajos de billetes, siendo temido y habiéndose vengado de todos los que le hicieron mal.

La hamburguesa calmó su hambre, pero su odio seguía allí. Llegaron al destino. ¿Sólo tenía que entregar el paquete, no? ¿En la puerta de la esquina, cierto? „Sí, sí“ le contestaron con muina los tipos que conducían.

Bajó y caminó despacio, como le habían dicho, sin apresurarse, sin correr, que nadie lo viera. Invisible, sí.

Se escucharon disparos. Los de la camioneta respondieron el fuego, pero fueron acribillados. Estaba confundido. Veía soldados, pero también veía otros vehículos de lujo. ¿Quién era quién? ¿Quién estaba contra quién? Llegaron más unidades, refuerzos de los hombres que lo habían recogido.

En el cielo brilló una granada.

II

¿Por qué nadie podía entenderlo? Se preguntaba eso una y otra vez mientras sus compañeros se reían incansablemente de él. Ahí, parado frente a todos, con maquillaje blanco y negro, camisa monocromática de rayas y rostro inexpresivo, miró cómo ella se alejaba apenada entre la multitud.

Después de que el timbre sonara, le alcanzó a ella en el camino. Pero no iba sola. Por el rostro de él aún escurría maquillaje blanco, lo cual la chica observó con cara de asco. Que si no se cansaba de hacer el ridículo, le dijo. Que ella no iba a soportar una humillación más. Pero cuál humillación, decía él. Ser mimo era un arte. Y también era divertido. No pretendía serlo toda la vida, asistiría a la universidad a estudiar medicina, era sólo un pasatiempo.

El tipo con el que iba caminando ella, se le abalanzó. Diferentes en proporción, el primer golpe le rompió la nariz y el segundo le tiró al suelo. Una patada le sacó el aire, luego de otras más, sangre.

La gente que pasaba por ahí, miraba sin interés al joven que yacía en el suelo. Un mimo que parecía más bien alguien muy pálido, pero que lo que seguramente ocurría era que se le estaba cayendo el maquillaje por el terrible calor de ese día. Parecía que dormía. ¡Vaya que los artistas de ahora ya no tenían creatividad! Simular que duermes no tiene ninguna gracia, cualquiera podía hacerlo. Esperaban que fingiera jalar una cuerda, pero no, dormía. Tal vez era un vagabundo… sí, lo más seguro era que estuviera ebrio.

Lo extraño era esa mancha roja de sus ropas.

III

Sarah siempre le tuvo miedo a los payasos. Arlequines, bufones, lo que fueran. No soportaba esos rostros falsos, las pelucas de colores… pero sobre todo esas miradas, que parecía encerraban un mal disfrazado de alegría.

El tick tack del reloj la regresó al mundo. Cerró el libro que leía y salió del campus universitario para tomar el camión con destino a su casa. Vivía en otra ciudad y llevaba a cabo esa rutina todos los días, de lunes a viernes y desde hace 3 años. Uno más y estaba fuera.

Tras unos 20 minutos en el camión, éste se detuvo y ella abrió los ojos horrorizada. Zapatos gigantes, ropa ridículamente confeccionada, peluca de colores psicodélicos y esa maldita nariz roja.

-Buenas tardes, tengan todos ustedes y les deseo de todo corazón. Trato de ganarme la vida honradamente en vez de asaltar, aunque me gustaría robarme un par de sonrisas.

Un hombre joven vestido de payaso comenzó su monólogo, aprendido de memoria con rigurosa exactitud. Era joven, su voz, cuerpo mirada dejaban unos 23 años de vida, pero a la vez, denostaban la madurez con la que lo había tratado.

Sarah se apresuró a subirle al máximo el volumen al reproductor de música y cerró los ojos.

-Ahora les pido una moneda si les ha gustado, acepto joyas, relojes, tarjetas de crédito -bromeaba el payaso- y si no tienen, regálenme una sonrisa. Pero nada más no vayan a sonreír todos porque me muero de hambre.

El camión se detuvo de golpe. Sarah cayó de su asiento y fue a dar al estrecho pasillo. El metal frío golpeó con fuerza su mejilla. No tenía ni idea de lo que sucedía.

Se oyeron ráfagas de disparos, de armas de grueso calibre al parecer. La gente gritaba, los vidrios se rompían con estruendo por los impactos. Vio algunos cuerpos sentados y charcos formados de sangre que goteaba de los asientos y se escurrían hasta ella.

Instintivamente miró por la ventana: en el cielo brilló una granada. El estruendo sacudió al camión y un par de autos cercanos estallaron en llamas. Se repitieron las explosiones y no cesaban los disparos. Un joven se arrastró hasta ella, traía la peluca de lado, la cual terminó de despojarse cuando estuvo a su lado.

-¿Estás bien? -Susurró a Sarah.

-Sí… -Balbuceó ella y lo abrazó.

Helicópteros sobrevolaban la zona. Se escucharon los amarres de llantas, al parecer de vehículos que huían del lugar. Después de un tiempo incalculable, que pudo haber sido sólo minutos o tal vez horas, un policía entró en el camión.

Bajaron Sarah y Nathan, como él le había dicho que se llamaba, además de que estudiaba psicología y se apoyaba como payaso de camiones para pagarse los estudios, entre otras cosas que le había dicho para tranquilizarla mientras ocurría el enfrentamiento afuera.

IV

¡Entérese usted! ¡Entérese usted! ¡Compre el diario „El informante“! ¡15 muertos en enfrentamiento en el norte de la ciudad! Señor, ¿va a querer uno? Son 7 pesos.

Desdobló el diario en lo que duraba el alto del crucero, el cual sabía duraba un buen rato. La nota decía:

„Grupos armados se enfrentaron la tarde de ayer en conocido fraccionamiento del norte de la ciudad. El saldo fue de 15 personas muertas y 7 heridos, dos de ellos sumamente graves por heridas de bala, siendo trasladados al hospital regional por elementos de la cruz roja. Entre los heridos, se encontraba un niño que presuntamente colaboraba con el crimen organizado, pues cerca de él estaba un paquete con 3 kilos de cocaína.

El niño, al parecer en situación de calle, perdió un ojo por la explosión de una granada, lanzada presuntamente por uno de los grupos criminales.

Fuentes extraoficiales señalan que entre los muertos hay civiles y que el enfrentamiento  comenzó por parte de elementos del ejército, quienes abrieron fuego contra sujetos a bordo de una camioneta negra de lujo, los cuales respondieron la agresión, siendo también atacados por una célula rival, minutos después.

Sobre esto el gobernador señaló que los únicos decesos fueron de criminales y que la población civil estaba a salvo, pues ol operativo „Estado próspero“ tenía como finalidad asegurar a los ciudadanos del puerto…“

En el auto de enfrente un niño fingió lavar el parabrisas. Con sus manos simulaba limpiar el vidrio con jabón, que realmente eran bolitas de unicel que se iban con el viento. Quien conducía extendió la mano y le dio 3 pesos. ¡Vaya! Al menos era algo.

Pero el niño no sonrió. Se limitó a mirarlo con el ojo bueno, mientas que su boca expresaba una sonrisa pintada a la fuerza, falsa, sobre una mueca de tristeza. Una sonrisa verdaderamente melancólica. Los coches se fueron, él regresó a la acera mientras sus hermanitos se acercaban. Se abrazaron. Nadie lloró, en solidaridad a él, que ahora sólo podía hacerlo a medias, como la vida que llevaba.

La luz ámbar iba advirtiendo a los conductores que se detuvieran. Los niños corrieron a hacer su acto invisible, tan invisible como lo era su existencia y su dolor prohibido para la sociedad.

La tinta perfecta

5. La tinta perfecta

La adoraba. La sutileza de su trazo, la intensidad de la tinta. El regalo perfecto.

Alphonse había recibido su bella, y primera, pluma fuente como obsequio de graduación de la preparatoria, a manos de su adorable madre.

De eso ya databan 4 años. Él casi estaba por terminar la carrera en diseño gráfico que había iniciado en la capital del país, muy lejos de casa. Dibujaba a todas horas y en todos lados. Desde pequeñas caricaturas hasta sofisticados retratos. Hacía logos y caras, edificios e ideas. Todo lo que pudiera ser pensado, podía ser plasmado.

Una noche, iba de regreso a su pequeño departamento como cada día después de la escuela. No había notado que desde hace dos cuadras un par de hombres lo venían siguiendo. Quizá por la oscuridad de las calles o tal vez por la sordera que le provocaban los audífonos con música de Cradle of Filth a todo volumen. El punto es que, no sospechaba nada.

Primero sintió un jalón. Sin darse cuenta de por qué o cómo, los dos hombres lo sometieron; estaban armados con navajas. Le pidieron sus cosas. Él, confundido se buscó el celular y la cartera entre las bolsas del pantalón. Los asaltantes protestaron por el maletín que Alphonse llevaba cruzado. El chico entregó su móvil y 400 pesos, alegando que en el maletín no tenía nada más que dibujos.

Lo aventaron al suelo y tomaron su pequeño botín. No obstante, cuando Alphonse cayó al suelo, su pluma fuente de plata se desprendió del bolsillo de su camisa y rodó en frente de él. Uno de los asaltantes alcanzó a ver el objeto, que dedujo debía tener un importante valor.

El vándalo piso la mano de Alphonse, cuando éste, que seguía tumbado en la banqueta, se disponía a recuperarla. El estudiante protestó que era un regalo materno, que no tenía ningún valor mas que el sentimental.

El otro asaltante, que se había quedado atrás, se acercó arrebatándole la pluma a su compañero y le quitó la tapa. Del golpe, el punto se había abierto, dejando las pequeñas láminas de la plumilla como dos pequeños colmillos: con un ligero espacio entre sí. Viendo que no servía, se la devolvió a su cómplice y se fue corriendo de ahí, no sin antes burlarse de él “por imbécil”, dijo.

Encolerizado por la vergüenza, se acercó ferozmente a Alphonse, quien ya estaba levantado y a punto de salir corriendo, pero no quería irse sin su pluma. El delincuente le aventó la pluma fuente a Alphonse, atrapándola este en el aire, para dar la media vuelta e irse a toda velocidad de ahí. Pero el otro tipo, mal de la cabeza y enfermo de la ira, el alcohol y el cruce de marihuana y cemento que llevaba encima, lo sujetó del cuello de la camisa, para clavarle la navaja. Afortunadamente, la estocada le lastimó el hombro y no la arteria o el corazón a Alphonse.

Sin embargo, el otro quería muerte: su cabeza se lo exigía. Alphonse, asustado, cruzaba las manos frente a sí, retrocediendo de espaldas por la calle. Entre el forcejeo, el impulso y la borrachera del otro, Alphonse clavó las afiladas puntas de su pluma fuente en el cuello del asaltante, perforando la femoral y provocando que la sangre brotara inmediatamente.

No pasaron mas que unos minutos para que se desangrara el marihuano. Alphonse había contemplado todo, sin moverse ni siquiera para evitar que el charco de sangre manchara sus tenis.

Abrió el barril de la pluma fuente, sacando el cartucho vacío con mecanismo de inyección de tinta. Como si fuera una jeringa, succionó la sangre que corría a sus pies, hasta llenar el barril.

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El día de su graduación en la universidad, Alphonse recibió un reconocimiento especial por haber ganado un importante certamen nacional de carteles. Lo más ingenioso del trabajo, era que éste mostraba un detalle impresionante de la sangre, como si fuera real. Realmente había que ser un genio artista para representar la sangre cuando se coagula, cuando se seca sobre la tela y cuando está fresca.

La obra parecía, sólo parecía pensaban los jueces, haber sido hecha con pura sangre.

Esa noche recibió de manos de su madre una nueva pluma, más fina y más elegante. Para que tirara aquella vieja pluma rota, que además, olía como a óxido y por la que, según había visto unas horas antes en su habitación, había dejado secar muchas cajas de cartuchos de tinta, al parecer, color roja.

Por: @VicereineOezil

4. No me olvides

Sudaba. El escritor apagó la luz del estudio y se dirigió a dormir. Se sentía un poco mejor; escribir siempre le hacía bien.

Una vez que entró a la cama, cayó rápidamente en un profundo sueño. Quien le viera por fuera, podría notar cómo se sacudía entre las sábanas hasta que luego de una hora se despertó súbitamente y con la cara empapada de lágrimas.

Tanteó a ciegas el buró hasta encontrar su bloc de notas a rayas y cogió la pluma fuente que estaba a lado. Y así, en medio de la noche  y como siempre, solo, escribió.

4. No me olvides

– Prométeme que nunca, nunca, nunca te alejarás de mi.

– Lo premeto.

– Y si alguna vez llegas a sentir algo por alguien más, por favor, dímelo.

– No.

– ¿No? -Ella puso una expresión consternada en su rostro.

– Es que eso es imposible. -Le calmó él-. Porque nunca podré enamorarme de nadie más que tú.

Pero los caminos de ambos jóvenes debían separarse. Sus metas profesionales los obligaron a vivir en ciudades muy lejanas. A pesar de todo el amor que se tenían, no fue la distancia lo que les derrumbó. Fue el orgullo.

Con el paso del tiempo, se entendían cada vez menos. Él, cegado por ocupar una posición entre sus compañeros y sobrevivir a su carrera, y ella en la búsqueda de un lugar en la universidad que deseaba.

Cuando llegó el tiempo de que ella también fuera a la universidad, todo acabó. Luego de tres años, la magia se había apagado. Es falsa la idea de “quedar como amigos”. Fue como si uno nunca hubiera existido para el otro.

Y cada quién volvió a empezar con su vida.

Pasó el tiempo; año y medio exactamente. Ya no eran los niños que peleaban por tonterías, eran jóvenes que descubrían el mundo con una visión profesional. No se habían visto en años. Así que una noche, ella le envió un mensaje saludándolo y proponiéndole un café, puesto que ambos estarían unas semanas de vacaciones en la pequeña ciudad donde habían crecido.

Cuando él leyó eso, algo dentro de su ser se removió. Su orgullo le dijo “no”. Su alma, que la había amado como a nadie nunca, le gritaba “Sí”. Tras pensarlo toda la noche, respondió.

-No, gracias. No creo tener tiempo.

No hubo respuesta. Y eso le remordió un poco el corazón al chico.

Luchando contra sí mismo, dejó el orgullo en su habitación y salió al lugar donde ella le había dicho si quedaban. Casi era la hora. No estaba seguro si ella aún así iría, pero conociéndola, sabía que estaría ahí.

Efectivamente, la chica estaba sentada, bebiendo café y con una mirada profundamente nostálgica y cargada de tristeza. Un largo suspiro terminó por completar la escena.

Él no pudo contenerlo más y gritó su nombre.

Ella lo vio.

Una sonrisa iluminó su rostro.

Corrió en dirección a él.

La luz del semáforo se iluminó en verde.

Cruzó la calle.

Un auto frenó ruidosamente.

Estrépito.

Un parabrisas roto.

Una chica en el pavimento.

El joven con el corazón desbocado, destrozado y saliéndole por la garganta, lloraba mientras corría hasta donde yacía ella.

– Mi orgullo. Maldito orgullo. Perdón, perdón, perdón.

– A pesar de tu orgullo, siempre te amé. -Susurró pesadamente ella.

– Vas a estar bien, tranquila, confía en mi.

Alguien ya había llamado a una ambulancia.

– Sabía que vendrías. Te conozco.

– Lo sé, perdón, perdón. -Repetía él-. Yo también te conozco.

– ¿Sabes? Era extraño que alguna vez supiéramos tanto el uno del otro, y de repente nos tratáramos como si fuésemos dos extraños. -Dijo ella con añoro.

– Pero siempre sabía que pensabas.

– Stalker.

– Nunca te olvidé. ¿Recuerdas cuando me preguntabas que si me enamorara de otra persona, te diría? Nunca te lo dije porque nunca sucedió.

– Mentiroso. -Dijo ella con suavidad-. Te volviste a enamorar.

– No. Y tú tampoco.

– Cierto. Nunca te olvidé.

– Ni yo a ti.

– Entonces, querido, no me olvides. Te amo.

Los ojos del joven se abrieron desorbitados, las lágrimas no dejaban de caer.

– ¡No! ¡No! ¡No! No te vayas, no ¡Por favor! ¡Resiste! Ahí viene la ambulancia… por favor… Ale… por favor… ¡NO!

A pesar de la sangre que le chorreaba por los oídos, la boca y la nariz, ella parecía tan dulce con los ojos cerrados y tenía un extraño semblante de paz.

¿Olvidarla? Desde el día que sus miradas se cruzaron, se prometió que nunca lo haría.

Siempre la amaría.