El hombre que caminó bajo la lluvia y no volvió a ser joven

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Era una tarde cualquiera en el puerto y, como cualquier tarde, la gente salía a ‘dar la vuelta’ al bulevar Ávila Camacho, a comer una nieve o simplemente sentarse junto al mar. Y, como también sucede siempre en Veracruz, las personas apenas toman precaución del clima, quizá hasta que ya tienen el ‘norte’ encima o cuando con 17º C ya salen con chamarras, abrigos, bufanda, guantes y botas.  Fuera de eso, siempre es verano y hace un calor de los mil demonios.

El hombre —un hombre normal— salió a disfrutar de una tranquila tarde, meditando lo que había hecho de su vida, lo que había dejado de hacer o lo que había dejado ir. A cierta hora, tras haber observado la luna roja de octubre —la más hermosa, dicen— reflejarse en el mar, se incorporó y se dispuso a caminar hasta el centro, para ahí, tomar su respectivo camión.

La lluvia se desató, así, de la nada. Si bien, las nubes ya habían amenazado al puerto toda la tarde, la conjunción soleado-nublado-soleado daba la impresión de que no fuera a suceder nada más. Y la lluvia que cayó no era una pequeña brisa fresca y fina, era un aluvión de gotas pesadas, gordas, que hasta dolían al chocar contra el rostro de los transeúntes y, además, fría.

El hombre no se inmutó ante la lluvia y siguió su camino, disfrutándola. Caminó con la cabeza erguida y se dejó mojar el cabello, la nariz, los párpados, hasta saborear la insípida lluvia de octubre. Sólo guardó su sombrero de papel —según la etiqueta, 100% papel— aunque, al parecer, no se desharía. Notó, con diversión, cómo sus manos se arrugaban por causa del agua, como cuando se permanece largo tiempo en una piscina o bajo la regadera.

El chaparrón cesó; el hombre, aguardó. Las calles, que se habían encharcado rápidamente, volvieron a la normalidad. Veracruz, parecía, regresaba a su tropical naturalidad. Pero las arrugas del hombre no desaparecieron nunca. Se había vuelto viejo en el camino; la lluvia de la experiencia y la vida había surcado su piel. Y ahora su mirada era más profunda y su corazón, más fuerte.

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9. Escribe bien, por favor.

La conoció en una de esas redes sociales, donde todos tenemos una cuenta. Podría estado, incluso, a punto de sucederte a ti.

En la foto quería dar a entender más de lo que era y si bien, una imagen dice más que mil palabras, muchas veces una palabra dice más de ti que otra cosa.

Ella era la clásica chica que ScRbiIaääa hAzii.

Disculpen si ha sido ofensivo, pero de esta forma ella llamó su atención. Y luego, con una sencillez increíble, en parte por su virtud y en parte por la estupidez de ella, la conquistó.

La chica puso: aun no se k fue lo k me echizo de ti.  UnN angelitho0 me dijo0 q es unN pecado0 penZzar s0lo en t¡¡¡

Pasa el tiempo. La policía encuentra un cadáver. Había una nota.

Estaban matándome. ¿Por qué no habría de defenderme?

Atentamente: el lenguaje.

En un mundo correcto, todos habrían asentido. Cuestión de semántica.

8. Acróstico

 

Te miras un día al espejo, en el momento más sincero del día: justo después de despertar. Has olvidado el sueño que tuviste; algo así como una genial novela de suspense, pero que ahora no recuerdas.

Estás asustado. El miedo que le tienes ahora a la muerte supera exponencialmente esa vocecita que te dice: “Hey, todo estará bien”. Pero… ¿y si no lo está? Ya no te importa el dolor, ni siquiera la noticia que afectará a tu vida. Te preocupan las personas que amas, que vayan a sufrir.

Aún así, por algunos momentos lograr olvidar todo y haces tu día como si nada. El que busca encuentra, de modo que te resistes a buscar cualquier cosas que te pueda poner ansioso y bloqueas google. Miras su foto y comprendes cuánto te ha cambiado y de qué manera te ha convertido en una persona mejor.

Morir es un eufemismo. La verdad es más dolorosa. Pero el amor te ha salvado: ha limpiado tu corazón. Admites que aceptarías tu destino contento, si esa otra persona va a estar bien. Que no le has hecho ningún daño y que todavía puede ser feliz. Eso te conmueve hasta el borde de las lágrimas. No, ¡qué va!, lloras sin control.

Oyes el característico “bip” desde tu móvil, que indica que tienes notificaciones. Ahora que tienes el corazón entregado y has aprendido que el amor es el sentimiento más fuerte que puede existir, te miras al espejo con el alma renovada. Te llama desde la habitación y acudes. No pasará nada. No hay por qué temer ya. El amor, te ha salvado.

7. La frialdad que te congela el corazón

Estás ansiosa; esperas cada noche y cada mañana para poder encontrártelo a la hora de siempre en el lugar de siempre. A veces él llega tarde, a veces debe irse temprano. Otras, simplemente no puede llegar. De cualquier manera tú permaneces siempre ahí, a la orilla del bosque, esperando por él.

Llega el invierno y con él, la nieve. Tú habías estado esperando ese día por mucho tiempo: sólo quieres compartirlo con él. Tienes frío, pero cuando él llega y te abraza, extrañamente te sientes con más frío aún. Debe marcharse pero promete regresar… más tarde. Mucho más tarde. No sabes qué creer. No sabes qué sentir. Sólo asientes con la cabeza y te quedas ahí, reflexionando, mientras los copos de nieve comienzan a mezclarse con tu cabello, mojándolo y volviéndolo un lío.

Sabes que eres una intrusa en su vida, una persona relativamente nueva. Pero te duele. Hace frío y tus manos y rostro se vuelven azulados. Al poco tiempo las piernas se te entumen: deberías moverte, piensas. Tu mente te dice que te vayas a casa. Tu corazón te obliga a mantenerte en pie a pesar de la tormenta.

Cuando él vuelve, sólo para decirte que quiere volverse a ir, tu corazón apenas y late. Él no lo sabe, es más, ni siquiera nota que tu cara tiene lágrimas congeladas. Te mira pero tú no sabes qué ves realmente en sus ojos. No expresan nada. El corazón se te enfría, tu cuerpo cae hacia atrás y la nieve se deposita en la curvatura de tu rostro, especialmente en las cavidades oculares. Las lágrimas saladas se terminan de congelar en tu iris.

Si te hubieras ido, él te habría llamado, habrías acudido a él y, de todas formas, te habría congelado el corazón.

 

 

Der Jüngling und der Stern

 

Aus “Demian” von Hermann Hesse.

Und sie erzählte mir von einem Jüngling, der in einen Stern verliebt war. Am Meer stand er, streckte die Hände aus und betete den Stern an, er träumte von ihm und richtete seine Gedanken an ihn. Aber er wußte, oder meinte zu wissen, daß ein Stern nicht von einem Menschen umarmt werden könne. Er hielt es für sein Schicksal, ohne Hoffnung auf Erfüllung ein Gestirn zu lieben, und er baute aus  diesem Gedanken eine ganze Lebensdichtung von Verzicht und stummem, treuem Leiden, das ihn bessern
und läutern sollte. Seine Träume gingen aber alle auf den Stern. Einmal stand er wieder bei Nacht am Meere, auf der hohen Klippe, und blickte in den Stern und brannte vor Liebe zu ihm. Und in einem Augenblick größter Sehnsucht tat er den Sprung und stürzte sich ins Leere, dem Stern entgegen. Aber im Augenblick des Springens noch dachte er blitzschnell: es ist ja doch unmöglich! Da lag er unten am Strand und war zerschmettert. Er verstand nicht zu lieben. Hätte er im Augenblick, wo er sprang, die Seelenkraft gehabt, fest und sicher an die Erfüllung zu glauben, er wäre nach oben geflogen und mit dem Stern
vereinigt worden.

 

6. Herzensbrecher

6. Herz Zerbrecher

-Oye, siente algo raro en el pecho, como una punzada…

-¡Qué va! ¿Sabías que es mentira eso de que el corazón duele?

-¿En serio?

-Japps, así es. Te dolerá alguna otra cosa, el bazo o algún músculo.

-El corazón es un músculo, genio.

-Sí, pero ya te dije que no duele…

Ella se despidió y pulsó el botón rojo para bajarse del camión. A pesar de lo que le había dicho su amigo, seguía teniendo esas “punzadas” pero se limitó a ignorarlas.

Ella tenía miedo, el más terrorífico de todos, una pesadilla en carne propia; le tenía miedo al amor.

Pensarán que es como tenerle miedo a un Chihuahua, que en su debido caso sí hay que temerles pues aunque son pequeños, muerden como pirañas. Como sea, le tenía miedo al amor y no al hecho de que la engañaran sino a terminar con el corazón roto.

Por ejemplo, ahora. Tenía a su lado a alguien maravilloso, alguien en quien confiaba en el tema de la fidelidad pero que por la misma razón de que era muy sincero, ella sabía que cuando él no quisiera nada más, se lo diría a ella con total tranquilidad. Le aterraba que eso sucediera de un día para otro, un

“Hola, ¿qué tal? ¿cómo va tu día? ¡Ah! ¿Sabes? Necesito decirte algo: ya no te quiero”.

Kaputt.

Le punzó lo que fuera que tuviese y se mordió los labios tratando de alejar esos pensamientos de su mente.

-¡Es ridículo, una total estupidez tenerle miedo al amor!

Conforme fue pasando el día, sus ideas se recrudecieron. Empezó a escuchar voces -sus voces- algunas clamaban atención a gritos, indicándole que disfrutara lo que tenía ahora. Otras reían. Algunas más le decían que fuera fría. Un alguien igual a ella pero con una apariencia bastante perversa, se posó a su lado.

-¡Hey! -Saludó.

-¿Quién eres?

-Hmm… Pero sí que me vas a romper el corazón -dijo con sarcasmo-. ¿No ves que soy igualita a ti?

-Yo no tengo el cabello plateado.

-No es plateado… es blanco, ciega.

-Y también tengo modales.

-Claro… En fin, no estoy aquí para ayudarte.

-¿Que no eres mi conciencia?

-No, tu conciencia es muy… inconsciente. Soy tu miedo.

-¡Vaya! Pues sí que asustas.

-Deberías verte en un espejo. -Sonrió el miedo.

-Bueno ¿qué quieres?

-Fácil: quiero librarme de ti. Es muy aburrido estar siempre contigo. ¿Miedo al amor? ¡Por favor! Hay muchas cosas horribles en el mundo: armas nucleares, el calentamiento global, artistas pop, payasos o arañas… ¿Pero el amor? De todas las personas que me pudieron haber tocado, eres la más ridícula.

Ella miró al miedo con desdén. Y siguió caminando hasta sentarse junto al lago, para alimentar a las tortugas. El miedo se apareció a su lado.

-Escucha… tengo la forma de conseguir que yo desaparezca. ¿Te interesa?

La chica le prestó atención entonces a su ángel mal hecho.

-¿Cómo puedo no tenerle miedo al amor?

El miedo sonrió, mostrando sus hileras de dientes afilados y puntiagudos.

-Observa, tengo esta … ehm… varita mágica, o como quieras llamarle, que sirve para abrir tu corazón.

-Eso suena bien… ¿Cómo funciona?

-Sólo debes llegar hasta tu corazón y abrirlo. Así, ya no sentirás miedo. Toma -Le dio el “instrumento”-.

Ella sintió un dolor agonizante. Pero veía en su pecho la luz de su corazón, que se desbordaba como un manantial de pureza.

-¡Lo estoy abriendo, lo estoy abriendo! -gritó ella.

-Chao. Loca.

La luz desapareció: se volvió líquida y roja.

El punto más brillante, del cual irradiaba toda esa materia, se hizo grande como un puño.

Su última mirada fue su corazón, destrozado, entre sus manos sangrientas.

Fue encontrada 20 minutos más tarde, unos niños que jugaban cerca descubrieron el cadáver de una chica, joven y no muy alta. Al parecer, alguien le había abierto el pecho y arrancado el corazón, para luego ponérselo en su mano izquierda.

-Tal vez tenemos frente a nosotros el caso de un asesino serial. -Comentó un oficial de policía, aficionado a los Krimis (Novelas criminales).

-Ah… -Suspiró con languidez el jefe-. Esperemos que venga perciales y haga el moviemiento. Y que digan que fue pasional. Mañana es feriado y el presidente ha declarado fin de semana largo y no quiero pasármela trabajando por esto.

Cuando llegó periciales, el caso fue declarado como un suicidio, para alivio del jefe. Se había encontrado en la mano derecha una vara delgada, pero gruesa y con la punta aguda como si de una esta se tratase, manchada de sangre. Se determinó que estaba ahí pre-mortem.

La verdad era que el asesino serial también estaba muerto.

El miedo estaba enamorado del amor y había decidido suicidarse para ya no sentir más.

Los payasos no deben llorar

Cuento corto. Escrito por @VicereineOezil

 
Los payasos no deben llorar
 

I

Se abalanzó frente al parabrisas apenas se puso en rojo el semáforo. El dueño del coche frunció el entrecejo enojado y emitió un „no“ mudo. Para su sorpresa, el chico no vertió jabón en el vidrio con su botella, si no pequeñas bolitas de unicel, que al hacer la mímica con su mano, como si se tratase de limpiador, desaparecieron.

El señor se sorprendió, pero no emitió sonrisa alguna. Se limitó a mirar de manera desdeñosa y apenas se marcó el siga, arrancó.

El chico se reunió con los otros, repitiendo su inocente acto hasta que cayera la noche, cuando veían con tristeza que lo que habían juntado apenas y les alcanzaría para las tortillas.

Se repetía a sí mismo „el viejo me va a matar“. Mientras caminaba de regreso a la pocilga donde vivía, maltratado por su padre e ignorado por su madre, una camioneta negra se detuvo a su lado. Era último modelo, negra y brillante. Ya saben, „bonita“.

La ventanilla polarizada se bajó hasta la mitad, suficiente para que el que conducía pudiera observar al niño, pero éste a él no.

Le ofrecieron un trabajo, uno bien remunerado. Y un escape seguro de sus malvados progenitores, obviamente. Se trepó a la vatea y le dieron un Mc Menú del día, con todo y papas y refresco.

Se enfilaron hacia los límites de la ciudad, sólo tenía que entregar un paquete, o algo así había entendido. ¿Qué importaba? Ya no tendría que soportar los golpes, los insultos, ni el hambre. Mucho menos las violaciones de los extraños a los que su padre ofrecía por dinero y a veces incluso, por diversión. No, ya no. Sabía qué eran las personas que lo habían recogido y esperaba algún día poder ser como ellos, con sus camionetotas y fajos de billetes, siendo temido y habiéndose vengado de todos los que le hicieron mal.

La hamburguesa calmó su hambre, pero su odio seguía allí. Llegaron al destino. ¿Sólo tenía que entregar el paquete, no? ¿En la puerta de la esquina, cierto? „Sí, sí“ le contestaron con muina los tipos que conducían.

Bajó y caminó despacio, como le habían dicho, sin apresurarse, sin correr, que nadie lo viera. Invisible, sí.

Se escucharon disparos. Los de la camioneta respondieron el fuego, pero fueron acribillados. Estaba confundido. Veía soldados, pero también veía otros vehículos de lujo. ¿Quién era quién? ¿Quién estaba contra quién? Llegaron más unidades, refuerzos de los hombres que lo habían recogido.

En el cielo brilló una granada.

II

¿Por qué nadie podía entenderlo? Se preguntaba eso una y otra vez mientras sus compañeros se reían incansablemente de él. Ahí, parado frente a todos, con maquillaje blanco y negro, camisa monocromática de rayas y rostro inexpresivo, miró cómo ella se alejaba apenada entre la multitud.

Después de que el timbre sonara, le alcanzó a ella en el camino. Pero no iba sola. Por el rostro de él aún escurría maquillaje blanco, lo cual la chica observó con cara de asco. Que si no se cansaba de hacer el ridículo, le dijo. Que ella no iba a soportar una humillación más. Pero cuál humillación, decía él. Ser mimo era un arte. Y también era divertido. No pretendía serlo toda la vida, asistiría a la universidad a estudiar medicina, era sólo un pasatiempo.

El tipo con el que iba caminando ella, se le abalanzó. Diferentes en proporción, el primer golpe le rompió la nariz y el segundo le tiró al suelo. Una patada le sacó el aire, luego de otras más, sangre.

La gente que pasaba por ahí, miraba sin interés al joven que yacía en el suelo. Un mimo que parecía más bien alguien muy pálido, pero que lo que seguramente ocurría era que se le estaba cayendo el maquillaje por el terrible calor de ese día. Parecía que dormía. ¡Vaya que los artistas de ahora ya no tenían creatividad! Simular que duermes no tiene ninguna gracia, cualquiera podía hacerlo. Esperaban que fingiera jalar una cuerda, pero no, dormía. Tal vez era un vagabundo… sí, lo más seguro era que estuviera ebrio.

Lo extraño era esa mancha roja de sus ropas.

III

Sarah siempre le tuvo miedo a los payasos. Arlequines, bufones, lo que fueran. No soportaba esos rostros falsos, las pelucas de colores… pero sobre todo esas miradas, que parecía encerraban un mal disfrazado de alegría.

El tick tack del reloj la regresó al mundo. Cerró el libro que leía y salió del campus universitario para tomar el camión con destino a su casa. Vivía en otra ciudad y llevaba a cabo esa rutina todos los días, de lunes a viernes y desde hace 3 años. Uno más y estaba fuera.

Tras unos 20 minutos en el camión, éste se detuvo y ella abrió los ojos horrorizada. Zapatos gigantes, ropa ridículamente confeccionada, peluca de colores psicodélicos y esa maldita nariz roja.

-Buenas tardes, tengan todos ustedes y les deseo de todo corazón. Trato de ganarme la vida honradamente en vez de asaltar, aunque me gustaría robarme un par de sonrisas.

Un hombre joven vestido de payaso comenzó su monólogo, aprendido de memoria con rigurosa exactitud. Era joven, su voz, cuerpo mirada dejaban unos 23 años de vida, pero a la vez, denostaban la madurez con la que lo había tratado.

Sarah se apresuró a subirle al máximo el volumen al reproductor de música y cerró los ojos.

-Ahora les pido una moneda si les ha gustado, acepto joyas, relojes, tarjetas de crédito -bromeaba el payaso- y si no tienen, regálenme una sonrisa. Pero nada más no vayan a sonreír todos porque me muero de hambre.

El camión se detuvo de golpe. Sarah cayó de su asiento y fue a dar al estrecho pasillo. El metal frío golpeó con fuerza su mejilla. No tenía ni idea de lo que sucedía.

Se oyeron ráfagas de disparos, de armas de grueso calibre al parecer. La gente gritaba, los vidrios se rompían con estruendo por los impactos. Vio algunos cuerpos sentados y charcos formados de sangre que goteaba de los asientos y se escurrían hasta ella.

Instintivamente miró por la ventana: en el cielo brilló una granada. El estruendo sacudió al camión y un par de autos cercanos estallaron en llamas. Se repitieron las explosiones y no cesaban los disparos. Un joven se arrastró hasta ella, traía la peluca de lado, la cual terminó de despojarse cuando estuvo a su lado.

-¿Estás bien? -Susurró a Sarah.

-Sí… -Balbuceó ella y lo abrazó.

Helicópteros sobrevolaban la zona. Se escucharon los amarres de llantas, al parecer de vehículos que huían del lugar. Después de un tiempo incalculable, que pudo haber sido sólo minutos o tal vez horas, un policía entró en el camión.

Bajaron Sarah y Nathan, como él le había dicho que se llamaba, además de que estudiaba psicología y se apoyaba como payaso de camiones para pagarse los estudios, entre otras cosas que le había dicho para tranquilizarla mientras ocurría el enfrentamiento afuera.

IV

¡Entérese usted! ¡Entérese usted! ¡Compre el diario „El informante“! ¡15 muertos en enfrentamiento en el norte de la ciudad! Señor, ¿va a querer uno? Son 7 pesos.

Desdobló el diario en lo que duraba el alto del crucero, el cual sabía duraba un buen rato. La nota decía:

„Grupos armados se enfrentaron la tarde de ayer en conocido fraccionamiento del norte de la ciudad. El saldo fue de 15 personas muertas y 7 heridos, dos de ellos sumamente graves por heridas de bala, siendo trasladados al hospital regional por elementos de la cruz roja. Entre los heridos, se encontraba un niño que presuntamente colaboraba con el crimen organizado, pues cerca de él estaba un paquete con 3 kilos de cocaína.

El niño, al parecer en situación de calle, perdió un ojo por la explosión de una granada, lanzada presuntamente por uno de los grupos criminales.

Fuentes extraoficiales señalan que entre los muertos hay civiles y que el enfrentamiento  comenzó por parte de elementos del ejército, quienes abrieron fuego contra sujetos a bordo de una camioneta negra de lujo, los cuales respondieron la agresión, siendo también atacados por una célula rival, minutos después.

Sobre esto el gobernador señaló que los únicos decesos fueron de criminales y que la población civil estaba a salvo, pues ol operativo „Estado próspero“ tenía como finalidad asegurar a los ciudadanos del puerto…“

En el auto de enfrente un niño fingió lavar el parabrisas. Con sus manos simulaba limpiar el vidrio con jabón, que realmente eran bolitas de unicel que se iban con el viento. Quien conducía extendió la mano y le dio 3 pesos. ¡Vaya! Al menos era algo.

Pero el niño no sonrió. Se limitó a mirarlo con el ojo bueno, mientas que su boca expresaba una sonrisa pintada a la fuerza, falsa, sobre una mueca de tristeza. Una sonrisa verdaderamente melancólica. Los coches se fueron, él regresó a la acera mientras sus hermanitos se acercaban. Se abrazaron. Nadie lloró, en solidaridad a él, que ahora sólo podía hacerlo a medias, como la vida que llevaba.

La luz ámbar iba advirtiendo a los conductores que se detuvieran. Los niños corrieron a hacer su acto invisible, tan invisible como lo era su existencia y su dolor prohibido para la sociedad.

Convocatoria a la comunidad twittera.

A toda la comunidad twittera mexicana:

Éste es un proyecto serio, se trata de una novela. Pero es una novela diferente. La primera novela de ficción-política-mexicana-twittera. Y una de tantas cosas que la hacen diferente es que me gustaría que ustedes participaran como personajes.

¿Cómo? Con sus tweets.

Vamos por partes.

¿Cómo participar?

Pueden usar su username de twitter, el cual aparecerá como su nombre. Sin embargo pueden hacerse una identidad diferente: profesión, edad, gustos… como un juego de rol.

Muy preferentemente deben conocer sobre política y que quieran, deseen o piensen un cambio profundo en nuestro país.

Sus aportaciones no tienen que ser obligatoriamente larga, es decir, sé que puede que no dispongan del tiempo suficiente. Un par de tweets, alguna idea por DM, incluso lo que twitteen diario, lo que sienten cada vez que leen las noticias diarias y lo que harían….

Luego de leer todo este post y si están de acuerdo envíen DM a mi twitter @VicereineOezil o también pueden comentar en esta entrada con su cuenta de twitter.

La convocatoria cerrará a las 00:00 horas del sábado 25 de junio. De los resultados se determinarán quienes participarán y/o si procede la idea.

¿Cómo se integrarán a la historia?

Estará escrito en 3ra persona, de modo que se podrá tratar cada personaje por separado en lo que se van reuniendo ellos.

Conforme vaya escribiendo les iré informando de las situaciones y podrán tomar algunas decisiones como el qué hará su personaje.

Cosas a tomar en cuenta. (Acuerdos)

Si bien ustedes son „el personaje“ como escritora estoy en la disposición de escribir su historia a como sea conveniente en la novela, es decir, por ejemplo: matarlo, casarlo, hacerlo parte de la oposición, que se le caiga el cabello, etc.

La idea es publicar. Se mencionará su username de twitter en la novela así como un agradecimiento, pero nada de co-autorías. Al estar „participando“ tendrán el derecho a ir recibiendo la trama general y cómo se va desarrollando la historia, con el acuerdo de no difundir el „manuscrito“.

Si la participación es escasa o no la veo conveniente para desarrollar la historia, suspenderé la convocatoria.

Si aceptan, estarán de acuerdo con todo lo anterior aquí mencionado. Algo no mencionado se agregará posteriormente a esta entrada, con la debida notificación.

*Panistas, priístas intolerantes y trolles twitteros abstenerse.

¡Y no desesperen! Como pueda escribir varios capítulos al día podría no escribir uno en semanas, sepan que es un proceso largo, información, documentarse… Espero se animen y podamos hacer de esto una twitexperiencia. Por cierto, el título tentativo es #Twitcrush con la libertad.

Ahí les va un brevísimo pedazo:

Cuando estaba a 2 kilómetros de su destino, la adrenalina se disparó por completo en todo su cuerpo. ¿Qué era lo que le había llevado a encaminarse a la fortaleza del gobierno represor, escondida en la parte trasera de una camioneta y con una bomba, pequeña pero potente, escondida entre sus ropas?

El tiempo había pasado velozmente desde los días en que una revolución era un sueño escrito entre hashtags y replies, en mensajes de 140 caracteres.

Sabía que todos los que habían organizado el asalto final habían perdido algo en sus vidas: tiempo, un ser querido, sueños, su trabajo o estudios… pero luchaban por ganar algo que valía más en esos momentos que cualquier otra cosa: la libertad.

La camioneta se detuvo a una distancia prudente. Sabía que la estaban esperando.

Mientras caminaba a su destino, se repitió para sí aquella frase que le había cambiado la vida: Sólo aquellos que están lo suficientemente locos como para creer que pueden cambiar al mundo, son los que lo consigen.

4. No me olvides

Sudaba. El escritor apagó la luz del estudio y se dirigió a dormir. Se sentía un poco mejor; escribir siempre le hacía bien.

Una vez que entró a la cama, cayó rápidamente en un profundo sueño. Quien le viera por fuera, podría notar cómo se sacudía entre las sábanas hasta que luego de una hora se despertó súbitamente y con la cara empapada de lágrimas.

Tanteó a ciegas el buró hasta encontrar su bloc de notas a rayas y cogió la pluma fuente que estaba a lado. Y así, en medio de la noche  y como siempre, solo, escribió.

4. No me olvides

– Prométeme que nunca, nunca, nunca te alejarás de mi.

– Lo premeto.

– Y si alguna vez llegas a sentir algo por alguien más, por favor, dímelo.

– No.

– ¿No? -Ella puso una expresión consternada en su rostro.

– Es que eso es imposible. -Le calmó él-. Porque nunca podré enamorarme de nadie más que tú.

Pero los caminos de ambos jóvenes debían separarse. Sus metas profesionales los obligaron a vivir en ciudades muy lejanas. A pesar de todo el amor que se tenían, no fue la distancia lo que les derrumbó. Fue el orgullo.

Con el paso del tiempo, se entendían cada vez menos. Él, cegado por ocupar una posición entre sus compañeros y sobrevivir a su carrera, y ella en la búsqueda de un lugar en la universidad que deseaba.

Cuando llegó el tiempo de que ella también fuera a la universidad, todo acabó. Luego de tres años, la magia se había apagado. Es falsa la idea de “quedar como amigos”. Fue como si uno nunca hubiera existido para el otro.

Y cada quién volvió a empezar con su vida.

Pasó el tiempo; año y medio exactamente. Ya no eran los niños que peleaban por tonterías, eran jóvenes que descubrían el mundo con una visión profesional. No se habían visto en años. Así que una noche, ella le envió un mensaje saludándolo y proponiéndole un café, puesto que ambos estarían unas semanas de vacaciones en la pequeña ciudad donde habían crecido.

Cuando él leyó eso, algo dentro de su ser se removió. Su orgullo le dijo “no”. Su alma, que la había amado como a nadie nunca, le gritaba “Sí”. Tras pensarlo toda la noche, respondió.

-No, gracias. No creo tener tiempo.

No hubo respuesta. Y eso le remordió un poco el corazón al chico.

Luchando contra sí mismo, dejó el orgullo en su habitación y salió al lugar donde ella le había dicho si quedaban. Casi era la hora. No estaba seguro si ella aún así iría, pero conociéndola, sabía que estaría ahí.

Efectivamente, la chica estaba sentada, bebiendo café y con una mirada profundamente nostálgica y cargada de tristeza. Un largo suspiro terminó por completar la escena.

Él no pudo contenerlo más y gritó su nombre.

Ella lo vio.

Una sonrisa iluminó su rostro.

Corrió en dirección a él.

La luz del semáforo se iluminó en verde.

Cruzó la calle.

Un auto frenó ruidosamente.

Estrépito.

Un parabrisas roto.

Una chica en el pavimento.

El joven con el corazón desbocado, destrozado y saliéndole por la garganta, lloraba mientras corría hasta donde yacía ella.

– Mi orgullo. Maldito orgullo. Perdón, perdón, perdón.

– A pesar de tu orgullo, siempre te amé. -Susurró pesadamente ella.

– Vas a estar bien, tranquila, confía en mi.

Alguien ya había llamado a una ambulancia.

– Sabía que vendrías. Te conozco.

– Lo sé, perdón, perdón. -Repetía él-. Yo también te conozco.

– ¿Sabes? Era extraño que alguna vez supiéramos tanto el uno del otro, y de repente nos tratáramos como si fuésemos dos extraños. -Dijo ella con añoro.

– Pero siempre sabía que pensabas.

– Stalker.

– Nunca te olvidé. ¿Recuerdas cuando me preguntabas que si me enamorara de otra persona, te diría? Nunca te lo dije porque nunca sucedió.

– Mentiroso. -Dijo ella con suavidad-. Te volviste a enamorar.

– No. Y tú tampoco.

– Cierto. Nunca te olvidé.

– Ni yo a ti.

– Entonces, querido, no me olvides. Te amo.

Los ojos del joven se abrieron desorbitados, las lágrimas no dejaban de caer.

– ¡No! ¡No! ¡No! No te vayas, no ¡Por favor! ¡Resiste! Ahí viene la ambulancia… por favor… Ale… por favor… ¡NO!

A pesar de la sangre que le chorreaba por los oídos, la boca y la nariz, ella parecía tan dulce con los ojos cerrados y tenía un extraño semblante de paz.

¿Olvidarla? Desde el día que sus miradas se cruzaron, se prometió que nunca lo haría.

Siempre la amaría.

3. Tal vez

3. Tal vez

Tal vez, y sólo tal vez, tú no seas para mi.

Una estrella se asomaba en el horizonte todo azul, como el cielo, de modo que éste parecía una extensión del mar. La joven caminaba junto al muelle, en la orilla y muy cerca del agua. En otros tiempos se habría sentido nerviosa, puesto que no sabía nadar, ni siquiera flotar. Pero a pesar de que su endeble figura era objeto de vaivén del viento, que amenazaba con arrojarla a las frías aguas, no se apartó de la orilla.

Sólo pensaba en lo feliz que se sintió cuando le conoció. Aunque no quería, se había enamorado. ¡Y de qué forma! Puesto que casi no le conocía y había sido más bien amor a primera vista. Pero el desengaño le dolió aún más.

Destinada a estar sola, se figuraba. Ella no era la estrella de nadie. Simplemente era una vela que se apagaba con su propia cera.

Esa mañana había cometido una pequeña locura. Le dejó un mensaje en el que expresaba todo su sentir. Pero no había recibido respuesta. Así que había salido a caminar un poco, algo arrepentida por ese impulso.

De repente, tropezó con una baldosa que sobresalía del suelo y el azote del viento contribuyó a que terminara de perder el equilibrio. Rodó a la orilla y cayó al mar.

Con desesperación, intentó patalear y mantenerse a flote, pero era imposible. No sabía cómo hacerlo y su desesperación no le permitía concentrarse.

Sintió pasar la vida frente a sus ojos. De hecho, así fue. Perdía la conciencia, pero su último pensamiento coherente fue “¿está sucediendo en realidad?”. Se dejó llevar, cerró los ojos y se hundió en el mar.

Abrió la boca para sacar el aire que tenía, que llegó a la superficie formando burbujas. Sus burbujas de vida. Los pulmones se le llenaron rápidamente de agua, su cuerpo pedía oxígeno y se retorcía en una muerte esperada. Tras unos minutos, el acto estaba consumado.

Días después, un cuerpo flotaba livianamente en las aguas del muelle. El golpe de las olas lo arrojaron hasta la orilla, donde unos marineros lo encontraron y lo sacaron a la superficie.

En su bandeja de entrada, ella tenía un mensaje importante. Él le respondía con amabilidad que se sentía halagado, pero que no podía corresponderle.

Tal vez no hubiera cambiado nada el que ella hubiera visto el mensaje, porque él nunca sería para ella. Y tal vez, sólo tal vez, ella sentiría un dolor semejante al agua llenándote los pulmones.