“Podría ser cualquiera de nosotros”


Por: Violeta Santiago
Contrario a lo que se espera de un día triste, el Sol brillaba con todas sus fuerzas y apenas algunas nubes níveas manchaban el cielo inmaculadamente azul. En el suelo, un charco de brillante sangre roja, tan diferente al cielo, manchaba el cabello de una mujer cuya única culpa esa mañana de domingo había sido salir temprano caminando por ese paraje solitario para llegar al trabajo.

Eran las 7 de la mañana. Domingo, día de descanso para la mayoría, no lo era para Karina Gómez García, de 35 años de edad. Esta mujer originaria de Las Choapas había llegado hasta Agua Dulce para buscar nuevas oportunidades, pero el crimen la encontró primero.

Pantalón de mezclilla azul, botas negras, cinturón rosa y camisa negra; la también estilista no buscaba combinar, sino ser eficiente, pues se preparaba para una jornada de largo trabajo en la tienda Dipepsa, en el centro de esta ciudad.

Quizá, si ya existiera aquel puente que tanto prometía en campaña  el tristemente célebre Daniel Martínez, ahora alcalde, Karina hubiera podido tomar un taxi y costearlo para llegar hasta su trabajo, pues al sólo existir circulación del centro hacia la factoría de Pemex, el taxi debe rodear toda la ciudad y el costo, obviamente, es muy alto.

Caminó. Las botas eran buena idea, pues así no entraría tierra en aquellos pies que habían recorrido un largo camino en estos últimos años. Sudaba. La vecina, Rosario, la había ido a buscar para cobrarle un dinero, pero ella ya estaba en camino a Dipepsa. ¿Traería el dinero consigo? ¿Habría sido buena idea?

Siete de la mañana y su mundo se acababa: presuntamente más de un sujeto la interceptó y la arrastró desde el lado izquierdo, en donde sí hay guarnición, hasta el lado derecho, en donde matorrales más altos que un hombre son el refugio perfecto para este tipo de crímenes.

Tal vez Karina no quiso soltar la bolsa y es que, vaya, ganarse el sustento en estos días es demasiado difícil, así que ¿cómo puede venir alguien simplemente a quitarte lo que con tanto esfuerzo has ganado? Pero dos estocadas mortales, amargamente dirigidas al cuello, le cortaron el flujo de ideas hacia su cabeza en ese momento. De ideas y de sangre.

La presión de la carótida al verse flagelada por el arma blanca no se hizo esperar. El corazón siguió bombeando, pero la sangre salía a chorros que empaparon su cabello, su rostro, el suelo y los matorrales alrededor, cual escena dantesca. Y ella, Karina, quedó boca abajo con la mano izquierda extendida y la derecha abrazándose a sí misma, un frío abrazo de la muerte.

Otras mujeres que también iban a trabajar, obligadas a salir a esa hora por aquel camino olvidado llamado camino A las Piedras, encontraron el cuerpo de Karina. Llegó la Comisión de Emergencias con Farid Tannos y Protección Civil, pero ya no había nada por hacer.

Entonces ocurrió lo que siempre ocurre en estos casos: la Policía Municipal estacionó la camioneta a un costado, colocó un hilarante cerco con cintas reflejantes y se limitó a estar ahí. Nada de operativos o búsqueda, como si la vida que se esfumó enfrente, minutos antes, no valiera nada.

Los curiosos se arremolinaron, aunque intentaban mantener su distancia. Los vecinos contaron que Karina era una mujer trabajadora que solía tener una estética en el centro de Agua Dulce, pero desde que entró a trabajar a Dipepsa cerró su local.

“Tiene tres hijos”, señalaban en tiempo presente, renuentes a la idea de que Karina nunca más volvería a saludar, a caminar por ahí, a ser su vecina. Uno de ellos, aseguran, está ciego; otro, joven, acude a la escuela; una hija más grande ya vive aparte.

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Pasan de las 8 y media de la mañana y comienzan a llegar otros cuerpos: Policía Estatal, Policía Ministerial y personal del Ministerio Público, pero hasta casi las 9 de la mañana arriban los peritos, quienes se ocupan más de quitar y poner cercos de cintas que de tomar las medidas al cuerpo de la occisa.

Se acercan todos a tomar fotografías. La voltean, se repite el proceso. Su cara está bañada en sangre y su cuerpo ya está invadido de hormigas que milimétricamente se llevan pedacitos de carne de regreso a sus nidos. La tapan, por fin, con una sábana forense azul.

Entre los matorrales se forman caminos cual laberintos. Ahí dentro, reportan, se encontraron las pertenencias de Karina Gómez: su bolso con maquillaje, objetos personales y su cartera, al parecer, intacta. El posible móvil de asalto implica que los sujetos se habrían espantado al herir a la mujer y habrían dejado la escena sin llevarse el dinero.

Sin mayor atención, las peritos ordenan que se levante el cuerpo mientras regresan al laberinto de maleza. Una bolsa de objetos de los forenses se coloca irrespetuosamente entre las piernas de Karina cuando ya está en la plancha. La retiran y entonces su cuerpo es cargado en la unidad de la funeraria Eben–Ezer y se va, para la autopsia de Ley. Son entonces, las 09:57 horas de la mañana y el aire huele a muerte.

Media hora más tarde, dos mujeres —sus cuñadas— lloran en la Cruz Roja. Saben, pero no han visto el cuerpo; tienen la presión altísima debido a la impresión y, apenas entre los sollozos, alcanzan a contar que Karina casi no había sido apoyada por su madre, por lo que ellas eran su apoyo. El esposo de la mujer muerta se gana la vida sacando arena “y él todavía no lo sabe”. La querían mucho y les duele tanto al grado de no poder decir más, pues las lágrimas dominan.

“Podría ser cualquiera de nosotros”, repetían los vecinos algunas horas antes al ver el cuerpo inerte de la trabajadora mujer.

En el Agua Dulce de hoy, sí, podría ser cualquiera, menos los funcionarios que pagan seguridad personal con el erario. Del resto, de las madres trabajadoras, de los obreros, de los estudiantes y de los adultos mayores, no hay quien los proteja.

Karina Gómez nunca será conocida por quien realmente fue; no podrá abrir el periódico del día y lamentarse de lo que sucede, pues ella es la víctima; nunca volverá a casa, ni podrá comer un helado, ni se quejará de que el agua no llegue a su colonia, ni de los caminos o la falta de alumbrado en El Bosque; Karina simplemente no asistirá a más festivales del día de la madre ni nunca volverá a cortar cabello porque está muerta.
Decía Rubén Espinosa, fotoreportero veracruzano asesinado: “La muerte eligió a Veracruz como su casa y decidió vivir ahí”.
Y, entonces, repican las voces alrededor de su cuerpo frío, a pesar del infernal calor hidrómilo: “Podría ser cualquiera”, pero le tocó a ella.
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Publicado el 17 de agosto en Diario Presencia Sureste

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1 comentario

  1. Si la seguridad cuesta, alguien debe estar haciendo mal su trabajo.

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