Periodismo y realidad


Violeta Santiago

México 2012

La realidad en alguna de sus mejores definiciones no es más que lo que parece ser. Desde ese punto de partida, trabajar la realidad en el periodismo se podría interpretar como lo que el periodista cree que parece ser. 

El estado puro de la verdad que se pretende alcanzar con el periodismo –ese, idealizado– se transforma en el punto de vista de quien lo escribe. Nadie está ajeno a corrientes, pasiones, pensamientos. De modo que siempre nos encontraremos con versiones de esa realidad pero versiones finalmente.

Entre los problemas de la realidad concreta está en el afirmar que algo es real porque está ahí. No obstante, ese estar ahí significa que es percibido por alguien y esa percepción es producto de su experiencia, según el empirismo.

Dos hombres pueden ver una mesa, coincidir en que es mesa y estar de acuerdo en que es de madera. Para uno será marrón, refiriéndose a eso como morado. Para otro el color marrón será rojo. Y hasta que se pongan de acuerdo cada individuo tendrá una percepción diferente de la realidad.

Regresando al periodismo, que es lo que nos interesa ahora, el periodista intenta crear una alusión de estar ahí y de que los hechos fueron tal y como se relatan. Ser objetivo. Esa es la característica que más se puede acercar a realidad en el ámbito periodístico.

La objetividad periodística: una pretensión tan desmedida como la de aprisionar el reflejo de las aguas de un río, que en un instante son y en el siguiente dejan de ser. Sin embargo, esa objetividad es la garantía que el lector busca para poder creer. A.M. Rosenthal

Esta cualidad fue perseguida por los reporteros del New York Times intentando escribir dejando de lado prejuicios personales y puntos de vista para tratar por igual a todas las personas u opiniones. Entre las ventajas de la objetividad está el hecho de que el reportero se hace entonces responsable solamente de cómo informa, pero no de lo que está informando.

El periodismo en su máxima idealización se describe como informar con la verdad. Pero los propios medios de comunicación son empresas y como éstas, su intención es obtener ganancias monetarias.

Y de esta forma la función del periodismo es corrupta para dar paso a la realidad deformada deliberadamente. Desde la incursión de líneas editoriales, hasta de la propia mente del periodista, el ejercicio es reducido a un espejo, a veces muy opaco y a veces no tanto, pero al fin espejo y una mera parte de esa “realidad”.

Una de las reglas de oro en la redacción consiste en no involucrarse en la nota informativa. Sin embargo muchos periodistas caen en el absurdo de, en su deseo de mostrarse lo más neutrales posibles, convertir la citada nota en una nota de citas. Se complementan con técnicas estilo Roberto Madrazo en campaña de 2006, mencionando cifras y porcentajes para intentar estratégicamente ser veraces.

Pero todos esos artilugios de objetividad pueden ser blancos de manipulación y entonces convertirse en intentos de objetividad. Como ejemplo: encuestas sobre el desempeño de un servidor público, producidas en el departamento de comunicación social de la misma institución.

Desde el momento de escribir sobre un hecho o no, de incluir una fuente y negar otra, de suprimir incluso datos aportados por la fuente elegida, la jerarquización de la información y hasta el lugar que llevará la nota dentro del periódico, el ejercicio de objetividad queda en entre dicho por las decisiones tomadas.

Pero un periodista que no siente nada es menos confiable (a los ojos de los lectores) que uno que defiende un punto. ¿Acaso no goza Proceso de ser un medio objetivo aunque tiene una cargada línea de oposición? Entonces el estatus de verídico lo otorgará el lector que comparta la misma interpretación de la realidad, según su propia experiencia. O, en otras palabras, que crea también que la mesa es de madera y es de color marrón (del púrpura y no del rojo).

La información escrita para los medios tiene siempre una intención. O de otra manera nos encontraríamos sólo partes informativas y líneas de datos duros sin orden ni sentido. La conciencia del periodista determina la calidad de la información.

Por ejemplo, alguien que nunca ha vivido en carne propia un enfrentamiento armado en la ciudad y, además, comparta la idea de que la estrategia de la lucha anti drogas es efectiva, estará más a favor de alguien que escriba que no está pasando nada y tachará de “alarmista y manipulador” a quien señale los hechos. Mientras que las personas que tuvieron el infortunio de estar ahí en esos momentos considerará esa noticia como verdadera. Y de ahí, se puede todavía profundizar más. Algunos expresarán opiniones a favor de las fuerzas armadas en la medida de como hayan sido tratados.

De la misma manera el periodista escribirá los hechos, aún con datos verdaderos, es decir, comprobables (fechas, nombres, estadísticas, lugares, hora, etc.) según su visión de la realidad.

En la teoría de la agenda setting de McCombs y Shaw se denomina a los informadores como líderes de opinión y son quienes gozan del poder de llevar a las masas información que moldea la opinión pública.

Quizá, la objetividad se logre en forma de equilibrio entre los hechos comprobables y el periodista, en base al compromiso para con la sociedad. Y esto es sólo una postura. Pues aunque el periodista no se incluya en la nota, la presión del punto con el trazo de su pluma siempre estará presente.

Los que gozan del respeto de ser veraces han escrito después de largas y profundas investigaciones hasta llegar a la verdad notable o comprobable, llegando a crear una instantánea de la situación social. Los que sólo leen noticias a través de un telepromter o escriben en defensa de la compañía que les da tremendo sueldo, son fáciles de diferenciar en la medida de que lo que escriben para nada (ni soñando) se aproxima a lo que la sociedad vive.

¿Le cree a un Loret de Mola o a un López-Dóriga? ¿O confía más en Lydia Cacho y Carmen Aristegui? ¿Por qué unos son considerados simples lectores de noticias mientras otros gozan de la confianza del público crítico (no sólo de los que consumen telenovelas)?

La última palabra la tiene en lector. Qué periodista escribe sobre un país llamado México y cuál parece estar escribiendo situaciones de alguna otra nación, menos la nuestra. Serán reales en la medida que compartamos esa visión. Visión apenas reducida de una realidad que nunca podremos reproducir, sólo creer que sentimos.

De todas las vocaciones del hombre, el periodismo es aquella en la que hay menos lugar para las verdades absolutas. La llama sagrada del periodismo es la duda, la verificación de los datos, la interrogación constante. Allí donde los documentos parecen instalar una certeza, el periodismo instala siempre una pregunta. Preguntar, indagar, conocer, dudar, confirmar cien veces antes de informar: esos son los verbos capitales de la profesión más arriesgada y más apasionante del mundo.

Un periodista que conoce a su lector jamás se exhibe. Establece con él, desde el principio, lo que yo llamaría un pacto de fidelidades: fidelidad a la propia conciencia y fidelidad a la verdad. A la avidez de conocimiento del lector no se la sacia con el escándalo sino con la investigación honesta. Tomás Eloy Martínez

“Me voy a inventar los cuentos que saldrán publicados mañana, ese es mi trabajo. Soy un cuentista de la realidad”. Escribir historias es la esencia del periodismo. Y dichas historias cabrán en la realidad sólo si el lector lo permite: para el periodista lo que él escribe será verdad, pues es su visión. Aún no incluyéndose en la nota y dando ambos puntos de vista de los participantes sobre un hecho, será siempre su versión, publicable para los demás.

La realidad en el periodismo está condicionada al acercamiento que se tiene con la sociedad, pendiente de los detalles y ajena a prejuicios y la búsqueda del poder y enriquecimiento personal. Es la sociedad la que decir quién escribe la realidad. Y es el periodismo, un trabajo no apto para cínicos. (Ryszard Kapuscinski)

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1 comentario

  1. Interesante entrada. La objetividad suele convertirse a menudo en un quebradero de cabeza tanto para los periodistas, a la hora de redactar y exponer ciertas “realidades”, como para el lector, que busca una narración de los hechos lo más aproximada posible a esa “realidad” descrita.
    Sin embargo, hay una frase que me ha llamado poderosamente la atención, y es que aquello de “Pero un periodista que no siente nada es menos confiable (a los ojos de los lectores) que uno que defiende un punto” es del todo contradictorio si tenemos en cuenta que hoy en día los receptores no dejan de quejarse de la falta de parcialidad por parte de los emisores. No discuto la veracidad de esta sentencia, puesto que a menudo vemos actitudes semejantes por parte de los lectores, pero sí me gustaría saber en qué o quién te basas exactamente para afirmarlo de forma tan rotunda. Ya que eso, teniendo en cuenta el panorama general, debería ser algo ya obsoleto.
    Un saludo,
    Marta Isern

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