Cuando los finales trágicos son olvidados.


Sus cuentos tenían siempre finales trágicos. Ella los consideraba hermosos y hasta felices, sí, realmente se alegraba cuando los escribía y luego, leía. Los demás lo consideraban perverso, hasta insano, algo chiflado y por qué no, depresivo.

Siempre andaba con los audífonos puestos, excluyéndose por voluntad propia del mundo común y se transportaba a su espacio personal, a veces gris, a veces negro, nunca RGB.

Amaba la oscuridad, pero siempre tenía encendida una vela. Decía ella que porque le gustaba que la pequeña llama intentara alumbrar algo tan inmenso e imposible, pero que aún así, lo intentara. En el fondo, creo, era pirómana.

También era melodramática. Y exageraba un millón de veces querer ser normal, pero el brillo de la locura le perseguía e impregnaba su persona, desde el caminar por la calle cantando canciones en alemán, hasta el estar tumbada con las tortugas del lago junto a éste.

No comía frituras pero adoraba los postres y  bebía espresso doble sin azúcar. Muchas veces comía pastel de chocolate con joghurt de fresa, porque le encantaba el contraste de los sabores. Ah… también escribía joghurt con „j“, su letra favorita.

No tenía alergias, pero el Sol le escorcía la piel hasta sangrar.

Regresando a sus cuentos, encontraba la belleza en la muerte y la tragedia. Era imperturbable. Una vez se cortó el dedo al abrir un joghurt… El corte le produjo una extraña sensación, un cosquilleo que le agradó aunando a que brotó la sangre, su segunda bebida favorita después del agua de limón. Tomó el cuchillo y repitió los cortes en todos los dedos. Al día siguiente, mientras escribía, transmitió todo ese cosquilleo doloroso de cada vez que pulsaba una tecla en su cuento, el número 57 de su obra titulada „Morir 100 veces“ que mostraba las más diversas, curiosas y hasta excéntricas formas de encontrar el fin.

Un día, de esos que uno ni se imagina, encontró el amor. Fue lentamente, claro está. Y bueno, al final terminó enamorada. Pesaba un puño menos, pues había otorgado completamente su corazón.

Una noche, escuchó una canción y las lágrimas le brotaron inmediatamente. Ella, confundida, sólo sentía una opresión en su garganta y la dejo salir. Lloró quizá como media hora sin cesar. Esa misma madrugada escribió su cuento 99, donde la protagonista moría ahogada de llanto.

Pero el cuento número 100, fue tan normal, que rompía con toda la obra. Las palabras, sutiles, nada locas, ni oscuras, mucho menos trágicas, narraban la historia de dos personas que se amaban. El relato no tenía final en sí.

Y es que ella quería escribir ese final, por primera vez, sin ese „estilo“ de sus otras creaciones. El primer final feliz, que ni era final, porque uno no sabe cuándo se le va a acabar la vida. Comenzó a creer que, si el mundo se enamorara, sería un lugar mejor. Las personas lucharían por hacer las cosas bien, en vez de desear riquezas o poder.

Siguió su vida como cada día, caminando con los auriculares puestos y cantando en alemán, comiendo postres con joghurt de fresa, cortándose al abrirlo, cortándose los dedos, escribiendo con dolor, haciendo cuentos bizarros de finales extraños… Pero qué importaba. La historia que a ella le interesaba, era tan feliz, que necesitaba su „tragedia-ficción“ como ella la llamaba.

„El cielo es un lugar en la tierra contigo“. Y se acostó a dormir, aún con las lágrimas en los ojos por aquella canción, los dedos moratados de las  heridas, el pecho ligero sin corazón y un beso en la frente, imaginario, lejano, de palabras y entonces más real que cualquier cosa en el mundo.

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