La tinta perfecta


5. La tinta perfecta

La adoraba. La sutileza de su trazo, la intensidad de la tinta. El regalo perfecto.

Alphonse había recibido su bella, y primera, pluma fuente como obsequio de graduación de la preparatoria, a manos de su adorable madre.

De eso ya databan 4 años. Él casi estaba por terminar la carrera en diseño gráfico que había iniciado en la capital del país, muy lejos de casa. Dibujaba a todas horas y en todos lados. Desde pequeñas caricaturas hasta sofisticados retratos. Hacía logos y caras, edificios e ideas. Todo lo que pudiera ser pensado, podía ser plasmado.

Una noche, iba de regreso a su pequeño departamento como cada día después de la escuela. No había notado que desde hace dos cuadras un par de hombres lo venían siguiendo. Quizá por la oscuridad de las calles o tal vez por la sordera que le provocaban los audífonos con música de Cradle of Filth a todo volumen. El punto es que, no sospechaba nada.

Primero sintió un jalón. Sin darse cuenta de por qué o cómo, los dos hombres lo sometieron; estaban armados con navajas. Le pidieron sus cosas. Él, confundido se buscó el celular y la cartera entre las bolsas del pantalón. Los asaltantes protestaron por el maletín que Alphonse llevaba cruzado. El chico entregó su móvil y 400 pesos, alegando que en el maletín no tenía nada más que dibujos.

Lo aventaron al suelo y tomaron su pequeño botín. No obstante, cuando Alphonse cayó al suelo, su pluma fuente de plata se desprendió del bolsillo de su camisa y rodó en frente de él. Uno de los asaltantes alcanzó a ver el objeto, que dedujo debía tener un importante valor.

El vándalo piso la mano de Alphonse, cuando éste, que seguía tumbado en la banqueta, se disponía a recuperarla. El estudiante protestó que era un regalo materno, que no tenía ningún valor mas que el sentimental.

El otro asaltante, que se había quedado atrás, se acercó arrebatándole la pluma a su compañero y le quitó la tapa. Del golpe, el punto se había abierto, dejando las pequeñas láminas de la plumilla como dos pequeños colmillos: con un ligero espacio entre sí. Viendo que no servía, se la devolvió a su cómplice y se fue corriendo de ahí, no sin antes burlarse de él “por imbécil”, dijo.

Encolerizado por la vergüenza, se acercó ferozmente a Alphonse, quien ya estaba levantado y a punto de salir corriendo, pero no quería irse sin su pluma. El delincuente le aventó la pluma fuente a Alphonse, atrapándola este en el aire, para dar la media vuelta e irse a toda velocidad de ahí. Pero el otro tipo, mal de la cabeza y enfermo de la ira, el alcohol y el cruce de marihuana y cemento que llevaba encima, lo sujetó del cuello de la camisa, para clavarle la navaja. Afortunadamente, la estocada le lastimó el hombro y no la arteria o el corazón a Alphonse.

Sin embargo, el otro quería muerte: su cabeza se lo exigía. Alphonse, asustado, cruzaba las manos frente a sí, retrocediendo de espaldas por la calle. Entre el forcejeo, el impulso y la borrachera del otro, Alphonse clavó las afiladas puntas de su pluma fuente en el cuello del asaltante, perforando la femoral y provocando que la sangre brotara inmediatamente.

No pasaron mas que unos minutos para que se desangrara el marihuano. Alphonse había contemplado todo, sin moverse ni siquiera para evitar que el charco de sangre manchara sus tenis.

Abrió el barril de la pluma fuente, sacando el cartucho vacío con mecanismo de inyección de tinta. Como si fuera una jeringa, succionó la sangre que corría a sus pies, hasta llenar el barril.

.

El día de su graduación en la universidad, Alphonse recibió un reconocimiento especial por haber ganado un importante certamen nacional de carteles. Lo más ingenioso del trabajo, era que éste mostraba un detalle impresionante de la sangre, como si fuera real. Realmente había que ser un genio artista para representar la sangre cuando se coagula, cuando se seca sobre la tela y cuando está fresca.

La obra parecía, sólo parecía pensaban los jueces, haber sido hecha con pura sangre.

Esa noche recibió de manos de su madre una nueva pluma, más fina y más elegante. Para que tirara aquella vieja pluma rota, que además, olía como a óxido y por la que, según había visto unas horas antes en su habitación, había dejado secar muchas cajas de cartuchos de tinta, al parecer, color roja.

Por: @VicereineOezil

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