4. No me olvides


Sudaba. El escritor apagó la luz del estudio y se dirigió a dormir. Se sentía un poco mejor; escribir siempre le hacía bien.

Una vez que entró a la cama, cayó rápidamente en un profundo sueño. Quien le viera por fuera, podría notar cómo se sacudía entre las sábanas hasta que luego de una hora se despertó súbitamente y con la cara empapada de lágrimas.

Tanteó a ciegas el buró hasta encontrar su bloc de notas a rayas y cogió la pluma fuente que estaba a lado. Y así, en medio de la noche  y como siempre, solo, escribió.

4. No me olvides

– Prométeme que nunca, nunca, nunca te alejarás de mi.

– Lo premeto.

– Y si alguna vez llegas a sentir algo por alguien más, por favor, dímelo.

– No.

– ¿No? -Ella puso una expresión consternada en su rostro.

– Es que eso es imposible. -Le calmó él-. Porque nunca podré enamorarme de nadie más que tú.

Pero los caminos de ambos jóvenes debían separarse. Sus metas profesionales los obligaron a vivir en ciudades muy lejanas. A pesar de todo el amor que se tenían, no fue la distancia lo que les derrumbó. Fue el orgullo.

Con el paso del tiempo, se entendían cada vez menos. Él, cegado por ocupar una posición entre sus compañeros y sobrevivir a su carrera, y ella en la búsqueda de un lugar en la universidad que deseaba.

Cuando llegó el tiempo de que ella también fuera a la universidad, todo acabó. Luego de tres años, la magia se había apagado. Es falsa la idea de “quedar como amigos”. Fue como si uno nunca hubiera existido para el otro.

Y cada quién volvió a empezar con su vida.

Pasó el tiempo; año y medio exactamente. Ya no eran los niños que peleaban por tonterías, eran jóvenes que descubrían el mundo con una visión profesional. No se habían visto en años. Así que una noche, ella le envió un mensaje saludándolo y proponiéndole un café, puesto que ambos estarían unas semanas de vacaciones en la pequeña ciudad donde habían crecido.

Cuando él leyó eso, algo dentro de su ser se removió. Su orgullo le dijo “no”. Su alma, que la había amado como a nadie nunca, le gritaba “Sí”. Tras pensarlo toda la noche, respondió.

-No, gracias. No creo tener tiempo.

No hubo respuesta. Y eso le remordió un poco el corazón al chico.

Luchando contra sí mismo, dejó el orgullo en su habitación y salió al lugar donde ella le había dicho si quedaban. Casi era la hora. No estaba seguro si ella aún así iría, pero conociéndola, sabía que estaría ahí.

Efectivamente, la chica estaba sentada, bebiendo café y con una mirada profundamente nostálgica y cargada de tristeza. Un largo suspiro terminó por completar la escena.

Él no pudo contenerlo más y gritó su nombre.

Ella lo vio.

Una sonrisa iluminó su rostro.

Corrió en dirección a él.

La luz del semáforo se iluminó en verde.

Cruzó la calle.

Un auto frenó ruidosamente.

Estrépito.

Un parabrisas roto.

Una chica en el pavimento.

El joven con el corazón desbocado, destrozado y saliéndole por la garganta, lloraba mientras corría hasta donde yacía ella.

– Mi orgullo. Maldito orgullo. Perdón, perdón, perdón.

– A pesar de tu orgullo, siempre te amé. -Susurró pesadamente ella.

– Vas a estar bien, tranquila, confía en mi.

Alguien ya había llamado a una ambulancia.

– Sabía que vendrías. Te conozco.

– Lo sé, perdón, perdón. -Repetía él-. Yo también te conozco.

– ¿Sabes? Era extraño que alguna vez supiéramos tanto el uno del otro, y de repente nos tratáramos como si fuésemos dos extraños. -Dijo ella con añoro.

– Pero siempre sabía que pensabas.

– Stalker.

– Nunca te olvidé. ¿Recuerdas cuando me preguntabas que si me enamorara de otra persona, te diría? Nunca te lo dije porque nunca sucedió.

– Mentiroso. -Dijo ella con suavidad-. Te volviste a enamorar.

– No. Y tú tampoco.

– Cierto. Nunca te olvidé.

– Ni yo a ti.

– Entonces, querido, no me olvides. Te amo.

Los ojos del joven se abrieron desorbitados, las lágrimas no dejaban de caer.

– ¡No! ¡No! ¡No! No te vayas, no ¡Por favor! ¡Resiste! Ahí viene la ambulancia… por favor… Ale… por favor… ¡NO!

A pesar de la sangre que le chorreaba por los oídos, la boca y la nariz, ella parecía tan dulce con los ojos cerrados y tenía un extraño semblante de paz.

¿Olvidarla? Desde el día que sus miradas se cruzaron, se prometió que nunca lo haría.

Siempre la amaría.

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2 comentarios

  1. Gothic Girl

     /  18/04/2011

    Que triste esto! Y justo lo leí cuando escuchaba Black Swans de Lacrimas Profundere. La historia junto con esa canción realmente da ganas de llorar. Bueno… me gusto mucho de todas formas. Buen post!

    Hasta la próxima luna.

    Responder
    • Vicereine

       /  20/04/2011

      Hola, muchísimas gracias. De alguna forma, esa es la intención de estos cuentos y el logro de un escritor: mover emociones.
      Un saludo. Gute Nacht

      Responder

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