Almendras amargas


El escritor había llorado con su última historia. Uno tiene que conmoverse a sí mismo para poder mover los sentimientos de los demás. Se concentró de nuevo canalizar lo que estaba viviendo en ese momento, luchando por no seguir los lúgubres ejemplos de su pluma.

 

“Almendras amargas”

 

Había amanecido como un día cualquiera. Y cualquiera pudo haber amanecido. No le importas al universo; es decir, éste nunca se detendrá por ti. Pero las personas sí lo hacen. Y también ellas pueden detener al mundo.

– “No entendemos por qué lo hizo”. -Comentaban entre sí los dos elementos ineptos que revoloteaban en el lugar de los hechos, los cuales veían qué se podían llevar.

Sin embargo el joven Matt no tenía mucho que ofrecerle a los buitres que custodiaban su cuerpo. Apenas tenía lo que un estudiante cualquiera. A excepción de su pequeño y hermoso piano, regalo de familia.

Uno de los policías presionó la tecla de “Do” que estaba a lado de la inerte cabeza de Matt. Se había quedado con los ojos abiertos y eso incomodaba a los presentes, que no podían mover nada hasta que llegaran los servicios forenses.

-No sé por qué no esperamos afuera. -Dijo uno de ellos-. Ese chico tiene una mirada perturbadora.

-¡Bah! Tenle más miedo a los vivos, compañero. Ya está muerto ¿qué puede hacerte? -Contestó de forma burlona el otro.

Éste último volvió a tocar las teclas del piano, esta vez, de Do a Do, haciendo que en lugar sonara una bonita escala creciente.

-¡Demonios! -gritó-. Algo me ha quemado los dedos.

A la mañana siguiente el mundo despertó. Y en las páginas interiores de los diarios locales se podía leer la trágica cabeza:

“Joven estudiante de artes se suicida con Cianuro”

Y el sumario: “Policía sufre envenenamiento leve al tocar un piano impregnado del veneno líquido”.

La autopsia reveló que Matt tenía altos niveles de  cianuro en su cuerpo. Su muerte había sido agonizante, contrario a la creencia de la “muerte rápida”. Se había quemado los dedos y envenenado primero por el cianuro líquido vertido en las teclas, el cual le había causado en primera instancia somnolencia, dolor de cabeza, náuseas y vértigo. Luego de tocar por más de una hora sin detenerse, el enrojecimiento de su cuerpo era muy notable.

Luego bebió la copa turbia que descansaba en la tapita de su piano. El sabor característico como de almendras amargas le llenó la garganta. Pese a que comenzaba a convulsionar y descender su temperatura corporal, no dejó de tocar, comenzando a fallar en su, hasta ahora, perfecto concierto personal. Los sonidos se volvieron más desatinados y poco armoniosos, transformándose de melodía a agonía. La quemazón interna y el ahogamiento llegaron rápido, su cuerpo dejaba de recibir oxígeno y él caía sobre el piano. Al final, su cuerpo azulado por fin expiró.

Había amanecido como un día cualquiera. Y cualquiera pudo haber amanecido. Matt no.

La gente lamentó el suceso esa mañana al leer los periódicos. Después siguieron su vida normal.

El universo no se detiene por ti.

Mentí.

La gente tampoco.

 

 

 

Entrada anterior
Entrada siguiente
Deja un comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: