Morir cien veces 5:56

Prólogo

Quiero morir cien veces.

Y levantarme sólo una más.

Lo más peligroso de un escritor es que muere demasiado. Muere por la belleza del atardecer o por la amargura de una mirada. Cobarde o valiente, a sí mismo no se daña, pero cuando puede, se mata mil y una vez entre sus letras. Y son las letras con sangre las más profundas. Entonces, se mata una y otra vez, diez, cien, mil veces. Juega con vidas que no se pueden levantar y con su destino, pues no puede hacer lo mismo consigo.

Muere por sí mismo y muere por miedo. Muere porque ama la vida y no atentaría sobre sí. No de verdad. Pero la muerte, aunque sea literaria y no literal, acaba con un poquito de sí, de su vida y su dolor, de su alma y su ser. Acaba con su llanto y con las sonrisas. Tiene sus consecuencias, sí. Pues cada personaje que entierra, en ese su panteón personal, lleva impregnada su vida misma.

Pero si muere cien. Existe ciento un más.

 

1.

“5:56”

 

Existen acordes que pueden llegarte al corazón.

Si el dolor pudiera sólo durar lo que Cuasi una Fantasia… sería un dolor ideal. Pero dolor es dolor. Ídem. No más.

A veces, éste va acompañado de miedo, angustia, desesperación.

Ella se apretaba entre las sábanas, soñando y deseando, que el sueño fuese real y la realidad, ficción. Ella pedía fuerzas. Y se sostenía en los sueños, creyendo en el destino y que si, así tenía que ser, se cumplirían.

Pero al final, ella sólo deseaba vivir. Es curioso, ¿no?. Curioso para ella; había pasado años viviendo sin encontrarle sentido a la vida; era muy desesperada y debía a todo buscarle una razón de ser. Pero ahora, que la vida se derramaba minuto a minuto, lloraba intentando atraparla entre sus dedos. Era tan joven.

Su llanto imaginario la despertó. Abrió los ojos que le quemaban por las sales y sus lágrimas le llenaban la boca. Ahogó sus gemidos en la almohada y gritó “Quisiera Vivir”.

Pero el dolor puede cegarnos.

Dominarnos.

Matarnos…

Literalmente.

Y así, con el rostro tapado, a tientas deslizó la mano hasta sus bolsillos, de donde extrajo la Victorinox roja, sencilla, de una sola hoja.

La primera estocada, milagrosamente, se coló entre el dedo medio e incisivo y se clavó en la almohada. Pero para la segunda, ya había mejorado el tino: dio justo en la vena que se le marcaba en la mano. El borbotón de sangre fluyó de inmediato. Media mareada y al punto del desmayo, sabía que no era suficiente.

De nuevo, a tientas, tomó la navaja y la elevó a la altura de la aorta. Podía sentir su pulso contra la hoja. La enterró de un solo golpe, casi limpio y con una bizarra belleza de perfección. Al sacarla, la sangre se regó con cada latido, ya contados de su existencia.

Minuto 5:56. Cuasi una fantasia daba el último acorde mortífero.

Las almohadas, otroras blancas, eran ahora de un fétido carmesí.