La muerte se ha cansado…


Envuelta en su lúgubre vestidura negra, la muerte, la parca o “la huesuda” para algunos, tiró su guadaña a los pies de un imponente árbol. Contempló el atardecer mortal y decidió que era hora de retirarse.

-Dios… ¿estás ahí?

Nadie contestó.

-Demonios, sigue dormido… ¿Hasta cuándo volverá en sí? Esos ángeles no me agradan para nada…

-Soy el lado opuesto de la moneda. -Exclamó Lucifer-. Yo puedo ayudarte, al fin y al cabo trabajamos más tú y yo que con él. -Movió el dedo anular de un lado a otro, como regañándole-. Además mi método de purificar las almas es mejor que el sufrimiento en vida… El martirio de los humanos no nos llevará a nada.

La muerte estuvo de acuerdo.

-Quiero retirarme, Lucifer. Es aburrido estar matando a los humanos. Además él no se da cuenta… El sufrimiento humano lo ha dopado, es por eso que sigue dormido. Si los humanos dejaran de sufrir, él despertaría.

-Esperemos que así sea. -Agregó el príncipe oscuro-. Bien, entonces descansa.

Ambos se fueron al reino de Lucifer, ayudando a los hombres a redimirse para ir al cielo. Contrario a lo que se cree, el infierno no era para nada aterrador. Hasta era más divertido que el cielo… Quizá esa era la causa de que las almas humanas quisieran primero vivir un tiempo de la eternidad en el averno, que en el paraíso.

-Allá no dejan comer nada… -Exclamase un alma que del cielo, prefirió regresarse al infierno.

En el mundo mortal, en el planeta llamado Tierra, de la estrella “Sol” ubicado en las afueras de la Vía Láctea, la raza humana no advertía lo que sucedía con las decisiones de éstos seres. La idea de la Muerte y Lucifer era que los humanos no murieran, sino que pudieran vivir eternamente, como al principio era el objetivo… Hasta que un humano tomara una insignificante fruta que no sabía a nada y no hacía nada…

Pero en la Tierra nada cambió. Seguían muriendo 154, 918 personal al día, aproximadamente. El ser humano hacía al trabajo de la muerte, con divina perfección. Dios y los humanos se hallaban confabulados. Ellos saciaban sus instintos perversos mientras Dios se anestesiaba con el dolor. En tanto, los que por enfermedad no les llegaba la muerte, se suicidaban. El suicidio y homicidio reemplazaron a la Muerte.

Pasado un par de semanas y al ver que todo seguía igual, la Muerte y Lucifer se reencontraron.

-Creo que nada ha cambiado, Señor. -Exclamó la Parca al Diablo.

-Dejémoslos… si eso quieren eso tendrán. Yo también estoy cansado de todos ellos. Nos desprecian y nos culpan de sus desgracias pero nosotros somos ajenos de sus males.

Guerra, pobreza, discriminación, maltrato, pederastía… los hombre de la iglesia se excusan en sus hábitos. Los humanos hacen guerras por recursos no renovables, por un pedazo de tierra… por el enfermizo gusto de derramar la sangre de los demás.

Contaminan los mares, envenenan el aire. El humano cava su propia tumba a costa del demonio, echándole la culpa de todas las desventuras que existan, de las enfermedades que ellos mismos han creado. Han convertido a la Tierra en un horno, uno que le llaman “infierno”, pero que no se compara en nada a éste: el infierno es libre y placentero; la Tierra es un cementerio ardiente.

Así, bajo aquel frondoso árbol la Muerte y Lucifer llegaron a un acuerdo: dejaron que la humanidad se acabase a sí misma. De modo que el día que no existieran más humanos, ni sentimientos, ni sufrimiento, Dios despertaría.

Lo único que intrigaba al dúo era… si despertase ¿volvería a crear una raza hacedora de mal, para su eterno placer?

No… esta vez no lo permitiría, pensaba para sí Lucifer.

Un ángel de alas negras apareció entre los árboles.

-No, señor. No podemos esperar a que los humanos se aniquilen, ellos tampoco tienen la culpa. Hay algunos que no lo merecen.

-Es cierto. -Reconoció el Diablo.

-Por eso, es hora de terminar lo que hace tiempo usted inició. -Los platinados ojos del ángel, del mismo tono que su cabellera larga y celestial, brillaron-. Es hora de acabar con el origen del dolor humano. Hay que recuperar lo que nos pertenece. La oscuridad es lo natural del mundo, pero no es mala.

“Lo que de sombras nace en sombras termina” Exclamaron los 3, intercambiando miradas.

-¿Y qué planeas hacer, Zero? -Le preguntó la muerte al ángel.

-Primero, buscar el contacto humano que necesitamos, buscar al que pueda despertar el poder natural de la tierra. Los hombres creen que sólo existe un Dios, pero lo que no saben es que quién gobierna ahora usurpo el trono. Trajo luz cegadora al mundo oscuro y puro, trajo corrupción a lo imperturbable. Destruyó las sociedades que vivían en conjunto con la naturaleza, poniendo a unos que cazaban. -Continuó- Rechazó a Caín, que le ofreció pedazos de la madre tierra. ¿Y por qué? ¡Todo porque eran cosas naturales! Porque eso le dejaba remordimientos de lo que había destruido… prefirió la sangre y la carne.

-Bien, encárgate de eso Zero. Cuando encuentres a la persona ideal, llévala a mi reino.

El Sol cayó, nadie quedaba ahí. Los árboles, emocionados, susurraban hacia el viento que pronto, muy pronto, él caería… Aquel que los confirió a un rango de menor importancia, aquel que maleducó a los humanos a destruir y a sacrificar.

Zero caminaba por una sucia ciudad. Seguía saboreando la sangre humana… el sabor de la corrupción le agradaba mucho. Subió al cielo y el Arcángel Gabriel le interceptó.

-¿Dónde andabas?

Zero siguió caminando.

-Te estoy hablando-. Gabriel, que perdía la paciencia rápidamente, desenvainó su llameante espada.

Pero Zero ya no estaba. Había bajado de nuevo a la Tierra. Y es que, para los ángeles estaba prohibido hacer tal cosa. No obstante, él era muy poderoso y pasaba de un mundo a otro con facilidad, cosa que generalmente desgastaba a los ángeles, incluso a gabriel.

Sus celos residían en ello. Por lo que hizo un consejo para expulsar a Zero, por impuro, ya que tenía las alas negras y ese color era símbolo de la oscuridad. El enemigo de Dios.

Apenas iniciaba esto. Y los humanos seguían matándose y durmiendo… bueno, menos uno.

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