Entre los arcos…


Bien. Verán… la semana pasada debí pasar un mediodía en los famosos “Portales de Veracruz”, justo en frente del Zócalo. El motivo era redactar una crónica de cómo era una mañana en dicho lugar.

Obviamente el error que cometí fue el redactarla de manera litararia y que No hay hecho noticioso. Confío que con la práctica y lectura pueda darle un toque más periodístico, aunque he de confesar que este “mal literario” no tiene cura, puesto que soy escritora (y la pirámide es opuesta) . También he tenido broncas al escribir en 3ra persona e intentar no involucrarme….Pero ante los retos, la frente en alto… Ya les diré cuanto saqué n.n y poco a poco irá posteando las siguientes crónicas, como la del mercado que debo entregar el lunes…

Vale… a pesar de estas complicaciones que me esforzaré en superar, disfruten un pedacito de Veracruz!!

Entre los Arcos

Crónica

Escrita por: Vicereine

El Sol brillaba después de una mañana nublada, inundando con sus rayos los emblemáticos Portales de Veracruz. Las mesas se extendían a todo lo largo de la acera, adornadas con flores coloridas o algunas con sombrillas para otorgar sombra a los transeúntes que, invitados por los meseros ofreciendo su menú, se detenían a descansar  y beber o comer algo.

Algunas personas prefieren estar dentro de los locales, bebiendo cerveza y viendo la televisión mientras que otros optan por el bullicio de afuera, a merced de los marchantes de objetos.

Ávidamente dos camareros se apuran a acomodar las sillas para un grupo de jóvenes; mientras tanto en el zócalo empleados municipales llevan a cabo la tarea de desmontar el escenario situado en medio, utilizado durante el carnaval que recién llegó a su fin.

Con puntualidad van llegando diversos personajes que se han convertido a través del tiempo en tradición, tal como lo son los marimberos que amenizando a los paseantes se ganan la vida. Un turista extranjero que caminaba por los portales, maravillado por dicha estampa no se resiste a irse sin una foto del recuerdo y comienza a disparar su cámara desde diversos ángulos; luego deposita unas monedas y sigue su camino.

Pero no sólo el placer converge ahí; los productos que se ofrecen se hallan diversos y hasta hilarantes: lentes “Prada para caballero y Chanel para dama”, relojes de todos los colores –incluso Rolex– y canciones de a 3 por 100 pesos que va promocionando Carlos, integrante de un trío que por más de 40 años ha tocado en este sitio, desde el mediodía hasta cerca de las siete de la noche. Y aunque los tiempos hayan cambiado, dice, la música bohemia permanece ya que a diferencia de las canciones “de ahora” –esas que sólo duran un tiempo y caen en el olvido– la música que tocan ha permanecido, pues es parte de la identidad de la gente.

Un vendedor, al saber de antemano que unas chicas no le iban a comprar nada, bromea diciendo “Lentes, lentes…miren, son cien por ciento piratas, desde tepito para Veracruz”. A pesar de las dificultades, esa alegría jarocha que se lleva a flor de piel termina imponiéndose.

Mientras tanto un señor vestido de saco verde oscuro y pantalón negro camina con la lentitud que su bastón le otorga, va pidiendo de mesa en mesa dinero que, quizá, sea su única fuente de ingresos.

A su vez, en una mesa que sostiene una sombrilla verde con  blanco, un joven moreno y tatuado hasta donde su camisa de algodón permitía ver, coloca pulseras de carnaza y concha de coco a unos jóvenes que degustaban unas tortas. Cuenta él que son hechas a mano en un centro de rehabilitación de drogas y explica a cada quien el significado del símbolo tallado en la concha. Se vale de bromas para convencer a los muchachos de adquirirlas, al precio que ellos quisieran pagarle y luego de unos minutos termina marchándose sin el bolsillo vacío.

En medio del ruido natural de la plaza, los acordes de la marimba y las ofertas de los vendedores se oye la plática de dos trabajadores de un restaurante. “No se vende, está difícil hoy”, comenta uno de ellos y el otro sólo asiente mientras recita a una pareja de adultos “Tenemos cócteles, pescado a la plancha, cervezas para el calor”. Todos luchan por ofrecer sus servicios o bienes, excepto tres mujeres que descansan en una banca cerca de ahí, con morrales a cuestas cargados de servilletas bordadas y utensilios de madera, sin embargo después de un rato levantan sus cosas y siguen caminando con la esperanza de que alguien adquiera sus productos.

Rápidamente las personas se cubren el rostro con las manos y exclaman “¡No!” al ver llegar y acercarse un fotógrafo con una cámara antiquísima, voluminosa y, con seguridad, pesada. Aunque en otras ocasiones los fotografiados no reaccionan con la debida rapidez y no les queda más remedio que comprar los llaveros con sus rostros en la peor pose, nada más para que “un extraño no se quede con la foto”.

Los estudiantes de diversas escuelas cercanas, en su mayoría jóvenes de preparatoria, eligen un sitio donde protegerse del Sol, al tiempo de que se deshacen del suéter, inútil ahora.

El ciclo sigue y se repite; unos llegan y otros se van, unos más se mantienen ahí pues no tienen remedio: es su trabajo. De vez en cuando las palomas, cada vez menos atemorizadas por el hombre, buscan alimento debajo de las mesas mientras algunas  personas, buscan subsistir a través de la gente que está sentada alrededor de ellas.

Y mientras el tiempo sigue su curso, la gente su camino y las palomas su vuelo, la tranquilidad se detiene entre los arcos, que han guardado un pedazo de la identidad porteña, que roban un momento de admiración a algunos que se sientan por ahí, acompañados de un amigo, de la pareja, tal vez un buen libro o, en el mejor de los casos, a reflexionar consigo mismos… de vez en cuando interrumpidos por lentes “Prada” y plumas “Mont Blanc”.

Y la ya infaltable foto del dia… El Sr. Marimbero posando para el Adagio n.n

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